LOS AMANTES de la naturaleza, el senderismo, la escalada y los deportes de aventura tienen una cita ineludible: Siurana (Tarragona). Cuna de uno de los aceites de oliva virgen con denominación de origen protegida, el pueblo, de apenas 30 casas y una veintena de habitantes, constituye el escenario ideal para pasar una jornada de lo más entretenida. Historia y leyenda conviven en el que fue el último reducto sarraceno de Catalunya hasta que fue reconquistado en el año 1153 por las huestes cristianas. El castillo de Siurana, erigido en un punto estratégico del territorio, sirvió en determinados periodos de prisión militar. Actualmente, el núcleo urbano está compuesto por edificios y casas de arquitectura típica de montaña que conservan algunos vestigios de su pasado medieval, como arcadas y muros. No obstante, los orígenes de Siurana se remontan a la época prehistórica. Así al menos lo atestiguan los restos encontrados en la zona a partir de 1909 de un taller de sílex con hachas de piedra pulida, puntas de flecha, fragmentos de vasos campaniformes y materiales de bronce. A este descubrimiento se suman los argumentos del arqueólogo Salvador Vilaseca que afirma que Siurana fue un taller de hojas, es decir, láminas largas y estrechas, de sección triangular o poligonal, con una cara inferior más o menos plana.

PUNTOS DE INTERÉS

Declarado conjunto histórico de interés nacional en 1981, Siurana alberga, además de las ruinas del castillo árabe, varios elementos de indudable atractivo histórico, cultural, monumental y paisajístico. Uno de ellos es la iglesia de Santa María, construcción románica de una sola planta del siglo XII que destaca por su notable portalada lateral. Para el visitante, quizás la belleza de los paisajes naturales sea el principal atractivo de Siurana. Si es así, no hay nada que reprochar. Una vuelta por el pueblo permite desparramar la mirada y quedar extasiado por las increíbles vistas que se contemplan desde lo alto de los riscos que protegen el núcleo urbano. El precipicio legendario del Salto de la Reina Mora, la peña gemela de la Siuranella, los acantilados de Arbolí –frecuentados por los escaladores–, y La Trona, peña suspendida en el centro del risco, son los lugares más emblemáticos del enclave.

UNA HUELLA EN LA ROCA

La épica reconquista de la montaña motivó numerosas historias y leyendas que han perdurado hasta nuestros días. Una de las más conocidas es la que cuenta el escritor Juan Amades. Según esta narración, Siurana era el dominio de la reina Abd-el-azia, cuya belleza era por todos conocida. Los cristianos, encabezados por el señor de Tarragona Amat de Claramunt, incapaces de conquistar la población, utilizaron las artimañas de un traidor judío para entrar en el castillo. Una vez dentro acabaron con sus habitantes mientras la reina celebraba una fiesta en las salas del palacio con los nobles del lugar. Entonces, una flecha se coló por una ventana de la fortaleza y se clavó en la mesa. Ante el pánico general, Abd-el-azia trató de huir, montó en su caballo blanco y partió a toda prisa hacia el precipicio cercano. Perseguida por las tropas cristianas, y para evitar que el corcel se detuviera al borde del peñón, la reina tapó los ojos del animal, pero este, al percatarse del peligro, clavó sus patas en el suelo dejando la huella de su herradura en la roca. Algunos dicen que las marcas del equino son fruto del impulso que tomó antes del fatal salto al abismo. Sea como fuere, la tragedia fue inevitable y hoy se puede observar clavada en la roca la huella del caballo en el sitio conocido como el Salto de la Reina Mora. Otra versión de la leyenda, sin embargo, cuenta que Abd-el-azia estaba tomando un baño cuando se percató de que la población estaba siendo atacada. Presa del pánico, salió del agua y desnuda subió a lomos del caballo y se dirigió al galope al despeñadero. Cierto o no, rememorar el instante previo al salto mortal de la reina mora y asomarse a alguno de los imponentes riscos que dominan la montaña donde se asienta Siurana ponen el broche de oro a una excursión de grato recuerdo.