EN ALGÚN MOMENTO antes de la historia, un cacho de tierra luchó por desligarse completamente del actual subcontinente indio, con el sueño de hacer su propio camino. En esa definición, en el centro mismo de las rutas marítimas que atravesaban el Índico, Sri Lanka constituyó en la antigüedad un punto estratégico y un concurrido puerto para los navegantes. Los griegos y los romanos la denominaron Taprobane, mientras que para los árabes era la isla de Serendib. Pero fue la llegada de los portugueses, holandeses e ingleses –las tres naciones coloniales que se sucedieron en la isla a partir del siglo XVI y que la llamaban Ceilán– lo que marcaría su historia en mayor grado. Reflejo de ello es la mezcla de culturas: cingaleses, tamiles, moros (moors) y malayos, así como burghers –descendientes de los portugueses y holandeses– con sus respectivas religiones: budismo, hinduismo, islam y cristianismo. El punto de partida es Colombo, capital administrativa y comercial de la isla, una ciudad bulliciosa y rebosante de colorido. La época colonial, sobre todo la holandesa, está presente en el estilo arquitectónico de muchos de sus edificios y barrios, como el Colombo Fort. No muy lejos de allí, el barrio de Pettah constituye un animado bazar en cuyas callejuelas se puede encontrar cualquier artículo o profesión, organizados por sectores: textiles y saris, especias, orfebres y joyeros o curtidores. A 205 kilómetros de Colombo, la antiquísima ciudad de Anuradhapura fue capital de Sri Lanka durante más de 1.000 años. Es la ciudad más sagrada de la isla, al acoger el Sri Maha Bodi, el árbol de la iluminación, venerado por los devotos, que acuden a millares. Según las creencias, es el retoño del árbol bajo el cual el Siddharta Gautama fue iluminado hace más de 2.500 años en la India. En el mismo lugar, las edificaciones más importantes –enormes dagobas con monasterios, palacios, esculturas, parques y estanques– datan de la época de los reyes Devanampiya Tissa (161-137 a.C.), bajo cuyo poder llegó el budismo a la isla. Polonnaruwa, la que fuera la segunda capital de los reinos cingaleses entre los siglos XI y XIII, es otro de los yacimientos arqueológicos más importantes. Dada su relativa juventud, las ruinas y esculturas están bien conservadas. Entre ellas destacan los palacios reales de Parakramabahu I, y su sucesor, Nissanka Malla, y sobre todo las maravillosas esculturas del Gal Vihara, cuatro imágenes de Buda talladas en la roca granítica.

SIGIRYIA
Una enorme roca granítica de 200 metros de altura emerge en medio de la frondosa selva de la planicie de la zona central. En su extensa cima y en sus faldas, el rey parricida Kasyapa hizo construir en el siglo V su capital, una gran fortaleza con un palacio, pabellones, jardines y estanques, cuyos restos se conservan todavía hoy. A esta roca fortaleza se subía por las fauces de un gigantesco león que fue tallado en la roca aprovechando el curioso perfil del peñasco y del que sólo se conservan las garras. Alcanzar lo más alto de Sigiryia no es un paseo. Conviene reservar media jornada para la visita e incluir en nuestra mochila buenas reservas de agua y fruta, para hacer más leve la subida y disfrutar sin prisas de las increíbles vistas. Además, por cercanía, puede aprovecharse el mismo día para visitar las cuevas de Dambulla.

KANDY
Situada entre colinas con exuberante vegetación y alrededor de un apacible lago, junto al cual se encuentra un gran templo que alberga el mayor tesoro budista de la isla, Kandy es quizás una de las ciudades más encantadoras de Sri Lanka. La mayor de las reliquias, el Diente del Buda, se encuentra en Dalada Maligawa, guardada celosamente. No obstante, una vez al año se exhiben los cofres donde se guarda el diente original, en una procesión de elefantes que recorre durante varios días las abarrotadas calles. No lejos de este centro de veneración, se encuentra la parte más mundana y bulliciosa de la ciudad, con su mercado central, el bazar y numerosas tiendas de artesanía, donde se pueden adquirir gemas, plata u objetos de madera tallada. Aunque el mejor recuerdo no regresa en la maleta, sino en la retina.