LA HISTORIA de la colonización de África –tan lamentable como usual– está plagada de sombras, las que proyecta el dominador sobre el pueblo dominado. A partir del siglo XIX, y en solo tres generaciones, la mayor parte del continente pasó a incorporarse al flujo de la historia global, a manos europeas. En Suráfrica, país ubicado en el extremo más meridional, los primeros en incursionar fueron los portugueses –fundando una incipiente colonia en lo que hoy es El Cabo (la capital legislativa)–, aunque pronto les arrebataron su supremacía los colones holandeses (bóers). En 1830 estos emigraron hacia la altiplanicie en busca de buenos pastos y tierra fértil para sus cultivos, desplazando a los aborígenes hacia zonas más alejadas. Pero no solo se hicieron con sus territorios, sino también con un suculento hallazgo que no esperaban encontrar: en 1886 el explorador australiano George Harrison se tropezó con el depósito de oro más rico del mundo. La noticia corrió como la pólvora, y rápidamente la zona se plagó de aldeas, dispuestas a recibir a aventureros de todo el mundo. Las aldeas se convirtieron en ciudades, ricas y modernas, con lagunas artificiales, parques y líneas férreas. Y así es como se fue gestando el núcleo de Johannesburgo, en medio de una sabana desértica. Para recordar los orígenes de la metrópoli hay que ir a la Cámara de Minería, donde se puede concertar una visita a las minas de oro en actividad, o a Diamond Cutting Works, donde se puede aprender sobre el arte del corte y pulido de los diamantes. Otras visitas relacionadas son la mina de Cullinan, donde se halló uno de los diamantes más grandes del mundo, o el parque temático de Golf Reef City, una impecable reproducción de la época de la fiebre del oro. SUPERAR EL PASADO Aunque África tiene otras grandes ciudades, la única que es considerada como ciudad global (de clase mundial) es Johannesburgo. Y ya se sabe lo que la globalidad conlleva: contrastes. Así, aunque la ciudad evoluciona hacia la igualdad, todavía hoy son bien palpables las diferencias entre la acomodada raza blanca y la raza negra, que en gran parte vive en el umbral de la pobreza. De ahí que los índices de delincuencia y criminalidad no sean precisamente bajos y que se recomiende al turista no hacer ostentación de riqueza ni moverse por barrios conflictivos a partir de la puesta de sol. Pero de todo hay que aprender, aunque sea para no tropezar en la misma piedra. Por eso es muy interesante visitar el museo del Apartheid, movimiento de segregación de razas (que supuestamente perseguían el desarrollo) y que fue abolido a finales de la década de los 80. Otras muestras interesantes son el museo Adler de la Historia de la Medicina, el Bensusan (de fotografía) o el Bernberg de Vestidos, que exhibe una colección de trajes del siglo XVIII. Mirando hacia el futuro, la estrategia de la ciudad se centra, a grandes rasgos, en el desarrollo económico, la mejora en la calidad de los servicios del gobierno, el acceso a la vivienda y la mayor eficacia de las fiscalías y de la justicia penal. Veremos si la celebración del Mundial de Fútbol 2010 echa una mano. Un deporte que obra milagros.