Las playas son de arena blanca y las aguas de color azul turquesa, pero hay mucho más que hacer a parte de tumbarse al sol, como descubrir una cultura que ha sabido mantener sus rasgos tradicionales.

Ganas de escapar y cuanto más lejos mejor.

Puestos a soñar, ¿por qué no hacerlo a lo grande? Un vistazo a cualquier mapamundi sirve para localizar el lugar idóneo para la huida: un conjunto de 108 islas agrupadas en cinco archipiélagos y diseminadas por el océano Pacífico como si fueran polvo de estrellas flotando en medio del universo, aisladas de la ruidosa civilización por más de 5.700 kilómetros, que es la distancia a la que se encuentra Australia, el continente más cercano. Tahití y sus islas se erige como uno de los pocos paraísos escondidos que aún sobreviven sobre la faz de la Tierra, con playas de arena blanca, aguas azul turquesa, vegetación tropical exuberante y una cultura propia que, sin oponerse a la modernización, ha sabido mantener intactas las costumbres polinesias más arraigadas.

La isla de Papeete

La primera de costumbre se basa en ofrecer una cálida bienvenida. Por eso, nada más bajar del avión en el aeropuerto de Papeete, la capital, el visitante se ve obsequiado con una corona de flores y, quizás, con una demostración del ori tahiti, un baile tradicional de gran simbolismo gestual al ritmo del ukelele. A partir de aquí, se produce un punto de inflexión. Europa queda muy lejos y, con ella, los problemas cotidianos, la crisis, los recortes sociales… Centrarse en el aquí y ahora invita a dejarse acoger por una población experta en la alegría de vivir para comenzar a descubrir unos archipiélagos que se muestran diversos. En este sentido, las islas de la Sociedad, Marquesas y Australes tienen un origen volcánico, mientras que las de Tuamotu y Gambier son atolones de formación coralina.

Más allá del tópico

Porque una estancia en Tahití y sus islas no responde únicamente al tópico de tumbarse bajo el sol a pie de playa. Esta es, sin duda, una muy buena opción, pero hay muchas más, que comienzan con la posibilidad de recorrer cada isla en busca de sus secretos, además de continuar con la exploración de una cultura que, a pesar de ser pequeña, ha exportado al planeta entero la técnica del tatuaje.

O decantarse por las múltiples actividades que se pueden practicar relacionadas con el mar, con quien los tahitianos mantienen una relación especial. Desde bucear por el que Jacques Cousteau definió como el acuario más rico del planeta hasta practicar el surf, otra de las grandes aportaciones que Tahití ha hecho a la civilización. En muchas playas existen las condiciones ideales para iniciarse, aunque hay otras zonas que están únicamente reservadas para expertos, como Teahupoo y sus míticas olas, impresionantes paredes de agua. También se puede optar por alguna propuesta más tranquila, como surcar las aguas a bordo de una va’a, la tradicional piragua con balancín, o ir al encuentro directo de delfines, tortugas marinas y ballenas jorobadas.

En tierra firme tampoco hay cabida para el aburrimiento, ya que se organizan diariamente diversas excursiones, algunas de ellas hasta el corazón mismo de los volcanes isleños, tanto a pie como en todoterreno. Y para acabar como se merece la ocasión, aún falta por probar el tercer gran regalo de Tahití al mundo: los masajes con el revitalizante aceite de monoi.