UN ENCLAVE PARADISÍACOUnos minutos sin rozar ni teclado ni ratón y se activa el protector de pantalla. Por nuestro iris comienzan a sucederse una serie de instantáneas paradisíacas captadas por algún objetivo privilegiado. Son una impresión fugaz de alguno de esos lugares que creíamos extinguidos, donde la creación puso el veto al humano: aguas de cristal saturadas de vida; una fina caricia de arena blanca; una gruta solitaria entre rocas; un cielo pintado de azul intenso recorta la silueta de una palmera que reverencia al mar… Los estímulos nos alejan por un momento de la vida real, la misma que nos dificulta oler el salitre de esas playas, sentir que la brisa relía nuestros cabellos. Y en ilusión se queda la cosa, al menos para los que, en algún punto del camino, perdieron su capacidad de ensoñación, por no comprender que la fantasía puede dejar de serlo: las escenas de la pantalla son absolutamente reales y corresponden a Tailandia.

 

El país asiático ofrece más de 2.500 kilómetros de costa endulzada por un clima tropical que se mantiene inalterable a lo largo de todo el año. Quizás por eso de que el sol es dador de vida, los habitantes del lugar se caracterizan por una extrema amabilidad que envuelve al visitante con una extraña sensación de familiaridad. Por eso, alguno quiso que se la conociera como la tierra de las sonrisas. Razones para sonreír no faltan.

Un vuelo diario une Bangkok, la capital, con la denominada perla del sur, como ha sido bautizada popularmente la isla de Phuket, la mayor de Tailandia. Bajo la influencia de la cultura china y portuguesa, este destino se enorgullece de llevarse la matrícula de honor del turismo asiático. Pese a ello, es sencillo encontrar allí motivos suficientes para desconectar. Uno de ellos es la Bahía de Karon, al oeste de la isla, o Freedom Beach (la playa de la libertad), a la que se accede directamente a través de un bote que zarpa desde la playa de Pattong.

DIVERSAS ALTERNATIVAS

Aunque parezca complicado quitarlo de la cabeza, durante la estancia en Phuket existen alternativas a ver pasar las horas desde una hamaca playera. Abriendo su mente, el visitante descubrirá que la isla tiene otros muchos enriquecedores encantos más allá. Conocer su interior supone adentrarse en lo más profundo del bosque tropical, quizás a lomos de un elefante, para visitar algún templo, una caída de agua, o algún típico criadero de mariposas u orquídeas.

La aventura puede continuar recorriendo las plantaciones de arroz, caucho, castañas de cajú, cacao, ananá o coco. Aunque otra forma de conocer los productos típicos de la zona es acercándose al mercado local, una visita más que recomendable, al igual que los diferentes mercados nocturnos.

La noche, allí como en todas partes, es también para la música, para el conocimiento mutuo, para la diversión. Y de eso sabe mucho Phuket, donde se ha desarrollado una amplia oferta de bares y discotecas, básicamente enfocados al turismo. En la isla también existen otro tipo de espectáculos nocturnos, como el que tiene lugar en el Simon Cabaret, cerca de Pattong Beach, donde puede asistirse a un espectáculo de travestis de fama internacional.

DE PELÍCULA

Son tan pequeñas que algunos mapas olvidan dibujarlas. Precisamente por eso, las islas Phi Phi, entre Krabi y la isla de Phuket, invitan a perderse. Phi Phi Don es la de mayor tamaño y la que posee mejor infraestructura cara al turismo. Tiene hoteles y apartamentos en forma de bungalows al típico estilo tailandés. Incluso se puede alquilar una cabaña en la playa y pasar allí la noche, con el romper de las olas susurrando en los oídos.

Su vecina Phi Phi Lei es la segunda isla de mayor tamaño y está considerada uno de los enclaves más bellos del mundo. No en vano, es el lugar donde se rodó la película La playa, protagonizada por Leonardo DiCaprio, y algunas escenas de El hombre de la pistola de oro, de la saga James Bond. El tesoro más preciado de esta isla es Ma-Ya Bay, una playa tan escondida entre las rocas que a veces resulta difícil encontrarla mientras se rodea la isla en barca.

Más de 2.500 kilómetros de costa con clima tropical bañan el país

El resto de las islas son de un ínfimo tamaño. Están prácticamente deshabitadas, excepto por algunos guardas armados que la protegen de los temidos cazadores. Precisamente por su virginidad, algunos aventureros visitan estas islas para practicar el buceo, el snorkel o realizar algunos paseos en kayak. Así consiguen adentrarse en alguna de las cuevas de golondrinas de estos islotes. Hay incluso algunos que se dedican a reunir nidos de estas aves, que se usan en la cocina china para preparar una sopa muy especial.

GASTRONOMÍA Y FIESTAS

No es ningún secreto. Si por algo se caracteriza la cocina tailandesa es por su gran variedad. Permite degustar desde magníficos pescados y mariscos hasta pollo, ternera y cerdo, aderezados con sabrosas especias, y finalizar el ágape con la degustación de las frutas autóctonas. Además, sorprende la delicadeza y el arte con el que se presentan la mayoría de los platos: nunca faltan los arreglos florales en la mesa, ni las frutas o verduras moldeadas bajo caprichosas formas. De todas formas, si el visitante acaba aborreciendo la comida tai, siempre puede hallar alternativas más cercanas a su gusto. En Phuket, por ejemplo, es recomendable dejarse caer por Gitano, un bar latino que permanece abierto todos los días hasta la una de la madrugada, unas horas intempestivas para comer, según la costumbre local.

Íntimamente relacionada con la gastronomía se encuentra la Fiesta China de los Vegetarianos, una de las más famosas de Phuket. Se celebra durante toda una semana del mes de octubre, durante la que se realizan ritos ancestrales: procesiones, ofrendas a los templos, representaciones culturales, y algunos ejercicios de autoflagelación, que pretenden demostrar a los dioses hasta qué punto puede llegar la fortaleza humana.

Otra de las extraordinarias celebraciones de la región es la que tiene lugar el 13 de abril con motivo de la inauguración del año nuevo, en la que la gente disfruta lanzándose agua los unos a los otros, o el festival Loy Kratong, también llamado la fiesta de las luces. En ésta la gente fabrica creativos recipientes con forma de flor de loto, sobre la que distribuye velas, monedas, flores, frutos y otros ornamentos. El ritual consiste en dejar fluir estos recipientes por los ríos y canales, tras la petición de un deseo.

Quizás los dioses se encuentren receptivos, quizás sean comprensivos y entiendan nuestra petición. Que quien viaja a Tailandia marcha con una espinita clavada, soñando que la vida le brinde la oportunidad de volver a asistir a ese excepcional espectáculo de color. Y no precisamente a través de la pantalla de un ordenador.

TEXTO ALBERTO GONZÁLEZ