EDGAR RICE BURROUGHS escogió una espesa jungla de África para ubicar las aventuras de Tarzán. Pero igual hubiera podido elegir las frondosas selvas de Costa Rica. Por varias razones: primero, por la zona selvática, y, después, por la dedicación de este país centroamericano a cuidar y a mostrar sus bosques tropicales. Pero también a hacer de ellos un lugar donde poder practicar el poco habitual deporte de aventura de sobrevolar las copas de los árboles sujeto a un cable por un mosquetón, con lo que volvemos al Tarzán del que hablábamos al principio. Si otros países del entorno apuestan por la arqueología como atractivo del turismo (Guatemala, por ejemplo), Costa Rica opta por lo ecológico. El Parque Nacional de Monteverde es un modelo en cuanto a complementación de la oferta ecológica con la cultural y la deportiva.

EL ‘CANOPY’
El deporte más atrevido se denomina aquí canopy. Se practica armándose con un arnés y un mosquetón, más un casco y unos guantes complementarios, que es el instrumental básico para abordar los cables que sobrevuelan los árboles de auténticas lianas sobre fondos de helechos, bajo los cuales se ocultan ranas multicolores, escarabajos dorados y mantis religiosas prestas a comerse al macho después de la cópula. Desde un lugar elevado, como un promontorio o, en su defecto una torre metálica, la ruedecilla de la que pende el mosquetón y el deportista con el arnés se deslizarán por un tramo de cable de dimensiones variables –de unas decenas hasta varios centenares de metros– sobre las copas de los árboles gigantescos hasta la primera parada. Luego otro tramo, y uno más.

PUENTES COLGANTES
Los deportistas en busca de emociones más templadas podrán tomar la alternativa de cruzar la selva desde las alturas pero andando, desde un peldaño más bajo: los paseos a través de los puentes colgantes que atraviesan las densas vaguadas hasta 50 metros de altura sobre el revolotear de las mariposas y las sábanas de musgo y helechos. El complemento a estas actividades viene en una oferta ecológica-cultural que comprende, en primer lugar, un paseo por el fondo de estos bosques milenarios que aquí se conocen como bosque nuboso. Con esta denominación se le diferencia del bosque lluvioso, en el que la lluvia es casi constante y, por tanto, la vegetación está aún mucho más marcada por la humedad. En un bosque nuboso se puede descubrir, entre otras cosas, cómo las lianas empiezan a formarse en la copa de los árboles, a partir de una semilla que ha dejado un animal en su defecación. Esta semilla empieza a desarrollarse y de la nueva planta surgen raíces que empiezan a alargarse, pendiendo de la copa del árbol. Después, las lianas llegan al suelo y siguen creciendo y fortaleciéndose, rodeando el árbol madre hasta que lo asfixian, lo matan y lo hacen desaparecer. También crece en estos bosques el zapote, que es un árbol que tiene una resina que es la base con la que se elaboran los chicles. La zona dispone también de lugares específicos donde pueden contemplarse un muestrario de la fauna, insectos y mariposas, a la vista del turista y sometida a las explicaciones científicas. Allí se descubre, por ejemplo, que los insectos más vistosos y coloridos están avisando a los demás animales de su alto contenido en veneno.

EL RANARIO
Como su nombre indica, el ranario es un lugar lleno de ranas. Batracios de distintas especies son mostrados al visitante, que puede aprenderlo todo de estos animales, como que el macho de algunas especies es transportado por la hembra sobre la espalda durante varios días después de que la pareja haya hecho el amor, o como quiera que los batracios llamen a la copulación. Y, por último, los colibrís. Este pequeño pájaro de pico alargado y curvo, que se mantiene quieto en el aire durante varios segundos gracias a un intenso revoloteo de las alas, puede verse aquí en gran número. La facilidad para ver colibrís contrasta con la gran dificultad para ver al mítico y escurridizo quetzal –cuya comida preferida es el aguacate–, del que hay aquí unos 300 ejemplares de los mil que quedan de la especie.