El gentilicio formal es tinerfeño, aun- que también de manera coloquial se utiliza el gentilicio chicharrero, si bien en la propia isla este se reserva para los habitantes de la capital, Santa Cruz. El gentilicio chicharrero tiene su ori- gen en un término despectivo emplea- do por los habitantes de la cercana ciu- dad de La Laguna, entonces capital de la isla, para los habitantes del entonces pequeño puerto de pescadores. Los ha- bitantes de Santa Cruz estaban acos- tumbrados a comer chicharros, un pes- cado pequeño y barato de relativa baja calidad. Con el tiempo y el crecimiento de Santa Cruz, hasta conseguir en el si- glo XIX el traslado de la capitalidad desde La Laguna, sus ciudadanos toma- ron el insulto como una honra y asu- mieron como propio el gentilicio. Tenerife Islas Canarias

UNIDAS GEOGRÁFICAMENTE,

 Santa Cruz y La Laguna proponen una escapa- da singular y apasionante. A poco más de dos horas de avión de la Península, estas dos ciudades, de marcado carácter isle- ño, se dejan descubrir entre árboles ma- jestuosos, casonas monumentales y edi- ficios que despuntan como auténticas obras de arte contemporáneo. Terminó otro verano, es cierto, pero en este rincón del Atlántico siempre es primavera. Y, de ser posible, hay que aprovecharlo. Tene- rife abre sus brazos al visitante. Santa Cruz y La Laguna reciben con ese aire primaveral con que adornan sus ca- lles y ramblas los impresionantes laureles de indias, los flamboyanes floridos y las jacarandas. Ambas ciudades están he- chas para el paseo, para disfrutar de ca- da rincón, de sus jardines y parques. O para perderse en el paraíso multicolor de su centro más comercial. En Santa Cruz, un entramado peatonal de animado ambiente, cada tienda es una tentación: perfumes, ropa, electrónica… Los escaparates hacen su llamada y las compras se convierten inevitablemente en un sencillo placer. Y luego está La Lagu- na, con pequeñas y exquisitas boutiques sorprendentemente integradas en un cas- gra, al otro lado del macizo de Anaga. Cualquier momento es bueno para co- nocer ambas ciudades.

 La Navidad, por ejemplo, sorprende no solo porque el cli- ma sigue siendo excelente y primaveral, sino también por los miles de flores de pascua que adornan las calles, junto a la decoración navideña. Destaca, en Santa Cruz, el concierto de la noche del 25 de diciembre, al aire libre, en el que la Orques- ta Sinfónica de Tenerife, una de las más prestigiosas de toda Europa, ofrece mú- sica de primer orden en un entrañable es- pectáculo junto al mar. Otro acontecimiento singular en la ca- pital tinerfeña se produce con su renom- brado Carnaval, en el que las nacionali- dades desaparecen.

Tinerfeños y visitantes del resto de España y de todo el mundo se funden en un ambiente festivo que lo inunda todo con un colorido y una explo- sión de música y alegría sin igual. Las fiestas de mayo en Santa Cruz, la Semana Santa lagunera o la romería de San Benito, también en La Laguna, son otros atractivos que el visitante no debe perderse si coincide en ambas ciudades durante estas fechas tan señaladas. Y si el viaje se hace en otras épocas, Santa Cruz y La Laguna tienen mucho más que ofrecer a quien busque sensa- ciones únicas. Disfrutar en sus tascas y restaurantes para degustar platos tradi- cionales y creaciones sofisticadas, una obra de teatro o un concierto de la Or- questa Sinfónica de Tenerife son solo unos ejemplos. La escapada merece la pena.

PASEO POR LA CULTURA

 En los museos de Santa Cruz y La Lagu- na cualquier mirada curiosa quedará sa- tisfecha al descubrir retazos de historia y adentrarse en los secretos del universo. La casa museo Ossuna, muy cerca de la catedral, propone un viaje a la sociedad colonial lagunera del siglo XVII; el mundo rural y la vida doméstica tradicional están presentes en el museo de Antropología de Tenerife; y las estrellas se muestran al al- cance de la mano en el Museo de la Cien- cia y el Cosmos. El paseo sigue, esta vez al aire libre, por las calles de Santa Cruz. La ciudad es un auténtico museo: esculturas de artistas tan conocidos como Henry Moore, Mar- tín Chirino, Óscar Domínguez o Eduardo Chillida, adornan la capital tinerfeña. El espectacular Auditorio de Tenerife se llena todo el año de la mejor música en una completa programación que atrae a los más exigentes melómanos. Otros es- pectáculos realizados en el Teatro Guimerá se suman a aquellos en una oferta de ar- te y cultura para todos los gustos.

EL BOSQUE ENCANTADO

 El macizo de Anaga, integrado en ambos municipios, alberga el parque rural con el mismo nombre, un sorprendente espa- cio en el que todavía es posible adentrar- se en un bosque selvático, la laurisilva, una auténtica reliquia viva del terciario. Los sentidos se impregnan de natura- leza en un ambiente mágico que envuel- ve al visitante entre el verde de los árbo- les que cubren los senderos y la exube- rancia de los helechos que tapizan la tie- rra virgen. Vale la pena acercarse hasta este rincón y disfrutar no solo de la natu- raleza, sino de sus caseríos encantadores salpicados entre intrincados barrancos desde los que surgen singulares roques, crestas y miles de cuevas; o al borde del mismo mar y de paisajes espectaculares como los Roques de Anaga. Todo el sa- bor marinero de estos lugares se traduce en su cocina, con sabrosos platos de pes- cados únicos.

EL CARÁCTER

 La amabilidad es un don del que se sien- ten orgullosos todos los isleños. Es el ti- nerfeño, también, amante de sus tradi- ciones, desde el mantenimiento de unas típicas arquitecturas de patios y balcones de tea y cal, hasta la conservación de los usos artesanales de sus antepasados. La cerámica, bellísima y original, ignora el tor- no, como lo ignoraban los primitivos ha- bitantes de la isla, y la filigrana de arte y paciencia del calado es un blanco saludo de bienvenida, surgido de la magia de los pacientes y ágiles dedos de la mujer de esta tierra. co histórico que ostenta con orgullo el bien merecido título de patrimonio de la hu- manidad.

PUNTO DE PARTIDA

Si la capital de la isla maravilla con impo- nentes edificios escultóricos como el au- ditorio de Tenerife, obra de Santiago Ca- latrava, junto a los más encantadores ele- mentos de la arquitectura tradicional ca- naria, La Laguna (en realidad, San Cristó- bal de La Laguna) se hace grande con sus pequeñas calles antiguas y sus mag- níficas casas señoriales –auténticos pala- cios, a veces–, en un casco antiguo que resplandece por su belleza y su excelen- te estado de conservación. Punto de partida privilegiado para co- nocer cada rincón de la isla, las dos ciu- dades –a veces, como una sola– se abren al mar y la montaña con rincones llenos de encanto. Muy cerca de Santa Cruz se encuentra la playa de Las Teresitas, de fina arena blanca; junto a La Laguna, todo el sabor marinero de Bajamar y Punta del Hidalgo, con sus piscinas naturales y sus calas ma- ravillosas. Como lo son también las de Ta- ganana y Benijos, de brillante arena ne

LA DECORACIÓN

En Navidad, miles de flores de Pascua adornan las calles de las ciudades

LA CELEBRACIÓN

 La romería de San Benito de La Laguna es una las fiestas de visita obligada

EN UNOS TIEMPOS

 en los que cada vez damos más importancia al ritual del comer, de nada sir- ve escoger un destino precioso si no nos ase- guramos antes de que dispone de una amplia car- ta de especialidades que dan prestigio a sus fo- gones y de que la calidad de los productos es una prioridad. Santa Cruz y La Laguna son perfectas para quienes gustan de la gastronomía tradicional is- leña, para quienes se sienten bien ante las re- cetas más caseras, los sabores más auténticos y los platos más sabrosos. Porque abundan los res- taurantes de corte familiar, esos en los que el vi- sitante se encuentra como en casa y recibe la mejor comida de la tierra y un trato cercano y amable. Sin pretensiones de grandeza. También existen establecimientos más sofis- ticados, en muchos de los cuales se funden tra- dición y actualidad para crear sabores nuevos y platos vanguardistas llamados a sorprender al paladar más atrevido. En cuanto a los vinos, son bien conocidas las cinco denominaciones de origen de la isla, cu- yos caldos pueden encontrarse en la práctica to- talidad de restaurantes, con blancos y tintos sin- gulares y de gran personalidad. Los pescados se preparan sancochados, her- vidos, acompañados de mojo –una salsa ligera- mente picante que puede ser roja o de cilantro– y de las célebres papas arrugadas.

 Pero tampo- co es desdeñable la cazuela de mero o de cher- ne con el aditamento de un buen escaldón del popular gofio. Otros platos muy típicos son el conejo en sal- morejo, una salsa plagada de sugerentes aromas, la carne de fiesta. No hay que pasar por alto los quesos, blancos y tiernos, como el de Vilaflor, ni olvidar, a la ho- ra del postre, que estamos en un vergel de fru- tas tropicales: el mango, la piña, la papaya, la parchita… Aunque, en este último capítulo de una buena comida, con la fruta compite una com- pleta repostería de bien justificada fama, de en- tre la que hay que citar, por méritos propios, los huevos moles, la leche asada, el frangollo y el bienmesabe. Todos ellos son una forma delica- da de poner punto y final a este espectacular des- file de manjares.