PUESTOS A HALLAR parecidos razonables entre España y Túnez, las grandes superficies de olivos y los pueblos costeros del país africano bien podrían pasar por algunas instantáneas de la cálida Andalucía. Pero fuera de eso, toda similitud es postiza. Al adentrarse en el suroeste tunecino, el escenario se desviste en silencio. A través del desierto se inicia un recorrido agotador, al tiempo que inevitablemente impactante. Y por eso compensa. Dejando a un lado las travesías en dromedario –que para el viajero resultan más una anécdota que un vehículo efectivo–, el trayecto en 4×4 es la única forma de penetrar la gran masa de arena. En un itinerario dominado por la monotonía, se agradece dar con un conductor atolondrado, que precipite el vehículo a través de las dunas a una velocidad vertiginosa, consiguiendo temerarios ángulos de inclinación y haciendo chocar las cabezas en el techo. Sabe que las piruetas despiertan el entusiasmo del turista y constituyen una descarga de adrenalina. Una atracción que acaba en aplauso. El trotamundos se siente ávido de aventura y magnifica el mínimo detalle hasta plasmarlo en su diario de a bordo. Si el jeep queda atrapado en la arena, mejor que mejor. A esperar el rescate. Con la caída de la noche, la gran bola de fuego se oculta tras una fina línea rosada. La sensación de serenidad y calma es entonces total, de no ser por el revoloteo de varios niños de sonrisa ennegrecida que insisten en la venta de collares o en conseguir alguna chuchería. Pasar una noche allí, en un campamento bereber en medio de la nada, añade un punto de exotismo, lejos de constituir una pernocta cómoda.

DECORADOS AL AIRE LIBRE

Para el deleite de los seguidores de la saga Star Wars, un poblado en cartón piedra se conserva en una pequeña hondonada rodeada por dunas. Es uno de los exteriores que el director de cine George Lucas construyó para recrear una lejana galaxia. En la narración de la historia las cámaras también captaron escenarios tunecinos reales, como algunas de las 2.000 viviendas trogloditas de Matmata, casas excavadas a mano en la ladera de la montaña que han ganado espacio a la tierra y a la roca, y en cuyo interior la temperatura permanece más o menos constante a lo largo del año. El hombre ha tenido que ingeniárselas para subsistir en condiciones meteorológicas extremas. Pero la existencia de agua es la que al final determina dónde hay vida y dónde no. Por eso los oasis se han convertido en pueblos que viven de lo que sus habitantes producen, cultivan, construyen, ingenian. Algunos, como Tozeur, se confunden en la lejanía con un gran mar verdoso, con sus más de 300.000 palmeras. Otro auténtico vergel es Nefta, que ofrece un insólito paseo a través de los túneles y estrechos pasajes del casco antiguo. En una pausa, que aprovecha para regatear en la compra de una rosa del desierto, el turista sacia su sed con un zumo de limón natural o la dulce savia de la palmera, un jugo que, una vez fermentado, se convierte en un fortísimo licor que fácilmente puede dejarle fuera de juego. Pero la vista juega malas pasadas en el desierto y no todo lo que parece un oasis acaba siéndolo. A larga distancia, el espejismo aparece. Podría ponerse la mano en el fuego y salir con ella bien escaldada. Ni gran masa de agua, ni palmeras a lo lejos. Chott el Djerid, el mayor lago salado del país, con 110 kilómetros de ancho, es un experto en este tipo de engaños. A excepción de algunas balsas de agua rojiza, permanece seco durante todo el año. Anclada en la aridez, sobre una gruesa capa de cristales de sal, una barca sirve de recordatorio de lo que un día fue el lugar.