AL PIE DE los Alpes, la fascinante ciudad de Turín se despierta de su letargo como una bella durmiente. Eclipsada durante el pasado siglo por sus vecinas de la Toscana mientras ella se sumía en una actividad industrial que la llevó a ser una de las ciudades más prósperas de Italia, hoy recupera el lugar que le corresponde avalada por su propia historia y su renacer como una urbe cosmopolita y vanguardista. La ciudad, capital del Piamonte, se remonta al siglo III a.C. cuando la tribu de los taurinos se estableció en esas fértiles tierras regadas por el río Po. Los romanos la utilizaron como campamento militar y el emperador Octavio Augusto la amuralló y rebautizó como Augusta Taurinorum. Siglos más tarde, Napoleón, no dispuesto a compartir su gloria con el emperador, la destruyó casi por completo. Solo quedó a salvo un pequeño trozo de la muralla que todavía hoy se contempla en Porte Palatine. Fue ducado lombardo, conquistada por Carlomagno y ocupada por los franceses. Pero el gran esplendor de Turín llegó de la mano de la Casa de los Saboya. A partir de 1680 bajo el mandato de Carlos Manuel I comenzó un modelo urbanístico que definiría a la actual ciudad de Turín. Se construye el Palacio Real en la Piazza Castello y los característicos soportales que con sus más de 18 kilómetros recorren la ciudad para deleite de los monarcas que así evitaban mojarse durante sus paseos. Son llamados a la corte los más prestigiosos arquitectos de la época. La fachada del palacio Madama es encargada a Filippo Juvarra, la Capilla de la Sidone en la Catedral al arquitecto Guarino Guarini. Carlos y Amadeo Castelamonte y Ascanio Vitozzi dejarían también su huella en múltiples construcciones. Hoy, a sus bellos palacios y edificios barrocos se suma la arquitectura de vanguardia. El Lingotto, la antigua fábrica de Fiat reformada hoy en centro comercial y los nuevos edificios inteligentes de la zona de la Spina Centrale construidos con motivo de las Olimpiadas de Invierno del 2006 han convertido a esta ciudad en una de las más interesantes de toda Italia. Destaca como símbolo de la ciudad la Torre Antonelliana que, con sus 167 metros de altura, se eleva sobre tejados y cúpulas. Hoy alberga el mejor museo de cine de toda Italia, no en vano desde los estudios de Teleccita en Turín la RAI emitió sus primeros programas y allí se rodó la colosal película Cabiria dirigida por Giovanni Pastrone en 1914 sobre las andanzas de Aníbal por los Alpes. Turín posee más de 40 museos, pero es visita obligada la Biblioteca Nacional para contemplar el autorretrato de Leonardo da Vinci y su famoso cuadro de El código del vuelo de los pájaros y el museo arqueológico, con la mayor colección de antigüedades solo superada por el museo de El Cairo. Por encima de todo, Turín es una ciudad de gran tradición intelectual y cultural lo que llevó a la Unesco a declararla hasta el 2007, junto con Roma, capital mundial del libro. Pero el mayor placer del visitante de Turín es pasear por sus calles, en este caso sus soportales. Se puede recorrer toda la ciudad sin mojarse o achicharrarse bajo el sol, porque todo está protegido bajo esos soportales que bordean el casco antiguo durante más de 18 kilómetros. Vía Romana y Vía Po son las más conocidas y concurridas; en ellas se encuentran las boutiques con las marcas de los mejores diseñadores. Vía Garibaldi, repleta de tiendas, es una de las calles peatonales más largas de Europa y la Piazza Vittorio Venetto invita a sentarse a tomar una copa en sus múltiples terrazas. Pero la zona de moda, donde se encuentran los locales de música en vivo, los bares nocturnos y los restaurantes más modernos está en el llamado Cuadrilátero Romano. Historia, arte, diversión, cultura, gastronomía, ocio y religión. ¿Qué más se puede pedir de una ciudad? Bienvenidos a Turín.