A MÁS DE UNO las vacaciones le sorprenderán con una mano delante y otra detrás. Toca apretar el cinturón. Pero quien no se conforma es porque no quiere: muy cerca tenemos algo de lo que no podríamos disfrutar en República Dominicana o Zanzíbar. Son algunas de las fiestas de interés turístico nacional que se celebran en Catalunya durante el estío. Mejor no buscarlas fuera, que no tienen parangón. A la primera ya hemos hecho tarde. Fue el Aplec de la sardana, celebrado en Olot el pasado fin de semana. El sábado se comenzaron a calentar los motores con un homenaje al compositor Josep Masó i Quer, cuyas sardanas volvieron a sonar de manos de la cobla La principal d’Olot. El plato fuerte llegó al día siguiente. Al Parc Nou acudieron entre 4.000 y 5.000 personas, según fuentes de la Agrupació Sardanista organizadora, para compartir la danza catalana por excelencia. Para Lluís Balcells, presidente de la entidad, el gancho de esta fiesta popular es “el maravilloso entorno donde se celebra, además de las actividades que la arropan, como un reconocimiento al diseñador del cartel de la fiesta –este año fue Josep Riera–, una arrozada popular, actividades para los más pequeños o un acto de homenaje a la ciutat pubilla, en esta ocasión Santa Coloma de Gramenet”.

DEVOCIÓN RELIGIOSA

Un desfile por las calles más céntricas de Lloret de Mar anuncia el 23 de julio lo que en unas horas será la máxima expresión popular de la población gerundense: la festividad de Santa Cristina, virgen toscana y patrona de la villa. Al día siguiente, de buena mañana, una procesión parte desde la iglesia parroquial hasta la playa. Los participantes, ataviados como antiguos pescadores, portan consigo Sa reliquia, el pequeño hueso que se conserva del cráneo de la mártir. En la comitiva participan también cuatro servidoras de la santa (obreres) y cuatro niños vestidos de ángel, así como la Madre abadesa, obrera de mayor edad, acompañada de otro ángel, llamado porrer. Una vez alcanzado el nivel del mar, la reliquia se embarca rumbo a la playa de Santa Cristina. Acompañan a la embarcación principal otras muchas, engalanadas, llamadas llaguts, que transportan a unas 2.000 personas. Durante el trayecto, cuando divisan la ermita de Nuestra Señora de Gracia de Sant Pere del Bosc, situada en un monte cercano, los llaguts se detienen y los remeros, conocidos como bogadors, levantan sus remos, mientras suena La salve. Y en el preciso instante en que finaliza el himno, se da la salida a la regata S’amorra amorra, en la que compiten los llaguts y cuyo ganador obtiene una victoria honorífica. Una vez en el santuario de Santa Cristina, se celebra un oficio religioso y, seguidamente, una comida de hermandad en la plaza del Pi. Un estofado para mil personas que prepara los estómagos para la celebración de la tarde, cuando frente al ayuntamiento se celebra el Ball d’almorratxes. Esta antiquísima danza recuerda la leyenda de un noble árabe que, enamorado, ofreció a una joven prisionera cristiana una jarrita de cristal de cuatro puntas (la almorratxa), adornada y llena de perfume y flores, al solicitarle un baile. No queriendo renunciar a su fe y como muestra de repudio, la prisionera lanzó al suelo el jarro, haciéndolo añicos.

LA SARDANA DEL ALCALDE

Carácter histórico también en la Fiesta Mayor de Amer (Girona), que este año se extiende del domingo 12 al sábado 18 de agosto. Entre los actos con solera se encuentra la carrera popular del día 12, el encuentro sardanista de la noche del 13, o la bicicletada, la cena popular y el correfoc del día 14. Pero, sin duda, el episodio de mayor interés turístico de esta fiesta es la Sardana de l’alcalde, que este año se celebra el jueves. Desgraciadamente, no hay una base documental que, de una manera certera, pueda esclarecer el origen de esta danza que, en lugar de ejecutarse en forma circular –como la sardana típica–, se baila abierta. Según los expertos, es posible que tenga sus raíces en una costumbre muy arraigada en la mayoría de los pueblos de la Catalunya antigua y que se remonta a los siglos XVI o XVII: al salir de misa los días de fiesta se bailaba un contrapaso frente a la iglesia. Esta danza, en la que participaba todo el pueblo en señal de hermanamiento y convivencia, estaba encabezada por una persona capital, como un terrateniente, un menestral o un letrado. Es fácil suponer que, al aparecer la figura del alcalde, fuera este quien comenzara a presidir el solemne baile.

FUEGOS MULTITUDINARIOS

Los sitgetanos se visten de fiesta a finales de agosto. El día de Sant Bartomeu, patrón de la ciudad, es el 24, aunque las calles ya están abarrotadas desde la vigilia, cuando se celebra el pregón de fiestas, a las doce del mediodía, seguido por el escándalo de los grallers, tocando al unísono, “un momento de gran carga emocional”, según Rafael Roig, concejal de Acción Institucional, Deportes y Fiestas de la población. A continuación, los pasacalles con toda su fuerza folclórica: los gigantes, los cabezudos, el dragón y el águila, los diablos, los bastoners… Y a las siete de la tarde, la procesión cívica, que acaba llevando el tabernáculo del santo hasta la iglesia. La noche se estrena con el espectacular castillo de fuegos, al que asisten, según fuentes consistoriales, entre 300.000 y 400.000 personas. Uno se escurre entre orquestas y grupos sardanistas y, cuando se quiere dar cuenta, está amaneciendo. Y es entonces cuando el folclore popular vuelve a ocupar las calles, para despertar a los pocos vecinos que han conseguido echar una cabezadita. Es un día solemne, en el que se celebra el oficio de Sant Bartomeu. A la salida de la iglesia, un pase rápido de todos los bailes. Y luego vermuts y cafés concierto con agrupaciones musicales. Las celebraciones tradicionales culminan con la procesión de Sant Bartomeu, que nace y muere en la iglesia. Y coincidiendo con la entrada en el templo, se da uno de los momentos álgidos, con la concentración de fuegos artificiales, el repicar de las campanas, el estallido de las gralles, los grupos de baile… Toda una orgía de sensaciones que asaltan al visitante que, en algún momento, cambió las playas de Malibú por un vuelo directo a lo más auténtico de la cultura catalana.