QUERER ENFRENTARSE a Turquía de una sola tirada puede parecer descorazonador. Por su geografía y también por su historia, ambas demasiado extensas. Más allá de las imágenes preconcebidas, los paisajes varían de una zona a otra de forma rompedora en un país que pertenece a dos continentes. De la capital de varios imperios consecutivos, Estambul, a las formas surrealistas de la Capadocia. De la mitología del Egeo y la luz del Mediterráneo a los densos bosques de pino de la región del Mar Negro. Un largo viaje a través del cual, las huellas de los antiguos pueblos que ocuparon la península recuerdan que fue desde esas latitudes donde se sentaron las bases de la civilización actual. De hecho, en una caverna de Anatolia, en la parte central del territorio turco, aparecen los primeros rastros de la humanidad, pertenecientes al periodo paleolítico. Desde entonces, se han sucedido todo tipo de culturas, desde los hititas, los primeros en fundar un estado indoeuropeo en el año 1800 antes de Cristo, pasando por los pueblos marineros, cuyas hazañas quedan recogidas en los textos helenísticos, hasta los persas, griegos y romanos. Fue en este último periodo cuando se produjo una de las fechas claves de Turquía: la capital del Imperio Romano se traslada a Constantinopla en el año 330, dando paso al Imperio Bizantino, que dominará el mundo hasta 1453, cuando los turcos otomanos toman las riendas del territorio.

TESTIGOS HISTÓRICOS

Esta presencia constante de las tierras turcas como principal escenario de la Historia supone que, a cada paso, el viajero se encuentra con algún testigo de épocas pasadas, ya sean las ruinas de templos griegos dedicados a dioses mitológicos, los anfiteatros romanos que aún se mantienen en pie o las mezquitas otomanas, que derrochan esplendor. La ciudad que se lleva la mejor parte es Estambul, símbolo de cada una de las épocas imperiales y actual motor económico de la Turquía moderna. Impresionantes palacios, como el de Topkaki o Dolmabahçe, se mezclan con bulliciosos bazares, y un concepto subjetivo como la variedad se convierte en un hecho incontestable. El toque mágico lo añade el Bósforo, un tortuoso estrecho que separa el continente europeo del asiático y que conecta a través de un hilo de agua el Mediterráneo con el Mar Ne gro. La mejor forma de recorrerlo es con los barcos de pasajeros que parten regularmente y se detienen en cada una de sus orillas, donde conviven los palacios de mármol con las pequeñas casas de campo de madera frente a la costa. En la misma región de Mármara, después de sortear el mar que lleva su mismo nombre, se encuentra Troya, la ciudad que sucumbió al asedio griego tras caer de cuatro patas en uno de los mayores engaños de la historia bélica. Según el mito, un selecto grupo de soldados se escondió en la barriga de un inmenso caballo de madera para traspasar las infranqueables murallas de la ciudad, que aceptó la ofrenda sin dudarlo. Una réplica de ese artilugio (en la foto, a la derecha) recuerda ahora la mítica guerra de Héctor y Ulises. Un paso más al sur, comienza la región del Egeo, una línea costera plagada de amplias playas de aguas cristalinas, idílicos puertos de pescadores y restos de 5.000 años de historia, cultura y mitología. En Bergama se encuentra uno de los mejores emplazamientos ar queológicos, encabezado por la Acrópolis, con los templos de Trajano y Dionisios, el altar de Zeus o el santuario de Démeter. La capital de la región, Izmir, se asienta en la cabecera de un largo golfo y muestra durante todo el año un espíritu alegre y cosmopolita, a la vez que recuerda su época de esplendor durante la época Jónica. La ruta sigue hacia Efes, que en su momento álgido fue el centro comercial más importante del planeta, cuyo templo está considerado como una de las siete maravillas del mundo antiguo. Fi nalmente, el Templo de Apolo de Didim recuerda con orgullo el tiempo en que fue uno de los lugares más venerados de la Antigüedad, con su cabeza de medusa al frente (en la foto, centro).

‘CHIMENEAS DE HADAS’

Desde la zona suroeste de la península, el trayecto hacia el centro del país supone un cambio de escenario repentino. La meseta de Anatolia, donde se sitúa Ankara, presenta un vasto paisaje de tonos amarillos cruzados, rotos por los barrancos, gargantas y picos volcánicos que la cruzan. Al sureste de la capital se encuentra Nevsehir, la puerta de entrada a la Capadocia, un paisaje casi lunar fruto de la erosión del viento sobre la piedra. El resultado son un sinfín de picos y obeliscos denominados chimeneas de hadas, tocadas con una especie de sombrero cónico. Una arquitectura de la naturaleza que comparte protagonismo con las construcciones humanas, entre las que destacan las ciudades subterráneas de Kaymakli y Derinkuyo o las fortalezas trogloditas excavadas en la piedra. Todavía quedan por descubrir muchos otros paisajes, desde los imponentes Montes Toro, que se alzan al este del país; la planicie de la antigua Mesopotamia, situada más al sur; o la exuberante costa del Mar Negro, al norte. Ejemplos de la enorme variedad de un país al que hay que llegar sin prejuicio alguno y con fuerzas suficientes para descubrir toda su inmensidad.