Las tiendas y talleres de Dansaert y Saint-Géry muestran los rasgos más característicos de la creatividad bruselense, que mezcla una fértil inventiva con toques extravagantes

BRUSELAS, antigua tierra de paso y actual capital europea, ha tenido la capacidad de reinventarse a sí misma continuamente, pero siempre sin perder su esencia y manteniendo el legado de cada época, configurando una ciudad ecléctica que sabe conservar su pasado y, al mismo tiempo, estar a la última. Para comprobarlo, simplemente hace falta dirigirse a tres puntos en concreto. Primero, a la Grand Place, testigo del esplendor medieval y gótico de la ciudad; luego, a la Casa Tassel de Víctor Horta, el mejor ejemplo de la libertad de formas del art nouveau; y finalmente, al barrio de Dansaert, donde se agrupan los diseñadores de vanguardia.

En este sentido, el diseño se ha apoderado en los últimos tiempos de Bruselas, reflejo de la creatividad latente que brota de sus calles. Es por eso que la moda que surge de la capital belga se ha ganado a pulso una merecida fama gracias a la combinación de inventiva, calidad y un toque extravagante. Un paseo por Dansaert, al noroeste de la Grand Place, sirve para darse cuenta de ello. Hace ya varios años que los diseñadores surgidos de las principales escuelas de diseño empezaron a instalarse por la zona, abriendo tiendas y talleres que han transformado el barrio en un destino obligado para los buscadores de ropa y accesorios a la última.

No hace falta caminar demasiado, porque la concentración de puntos de interés en unas mismas calles es elevada y, además, con amplios horarios comerciales. Simplemente callejeando, el visitante puede encontrarse con locales como Ciels mes Bijoux, especializados en alta joyería de estilo retro; Belles Chaussures de Mademoiselle François, donde se venden zapatos sexis; Supergreen me, abocados a la ropa y objetos ecológicos; e innumerables tiendas de ropa vintage. Otras muestras de la originalidad del diseño bruselense son la tienda de sombreros Elvis Pompilio o las inauditas colecciones de lámparas MGX de Materialise.

Para quien busque una mayor especialización, una cita obligada es el Brussels Design Market, que se celebra cada septiembre en un antiguo hangar dedicado a la fabricación de barcos para mostrar artículos fabricados entre los años 50 y los 80. Por su parte, el Museo de la Indumentaria y el Encaje permite conocer los orígenes de la moda local, gracias a una extensa colección de vestidos antiguos.

Diversidad creativa. Tras pasar varias horas por Dansaert, el trayecto puede continuar por el vecino barrio de SaintGéry, lleno de calles serpenteantes donde también se concentra un gran número de diseñadores, que brindan unas creaciones de enorme diversidad: de los aires retro a la sobriedad, de la moda actual a las tendencias de los años 60, del discreto minimalismo al kitsch más desaforado… Todo para conformar una universo de formas y colores donde todo es posible, incluso los saltos en el tiempo de la mano de las construcciones románicas, góticas, renacentistas o barrocas. Una evidencia de la irreverencia de esta zona es que, si el símbolo de la ciudad es el Manneken Pis, el de Saint-Géry es el Zinneke, un travieso perro callejero hecho de bronce que, impasible, levanta la pata para hacer sus necesidades en una concurrida esquina. Otra muestra de que el diseño a la última se ha apoderado de Bruselas es que cada vez se están abriendo más hoteles que rompen con las reglas clásicas para ofrecer un estilo rompedor. Por ejemplo, el Bloom! cuenta con 300 habitaciones decoradas por diferentes artistas, por lo que cada una de ellas tiene un toque personal. Algo similar sucede en el Hotel Royal Windsor, que dispone de las Fashion Rooms, que han transitado desde la impersonalidad hacia suntuosos escenarios con etiqueta de marca. Y es que en la capital europea, si uno quiere, incluso puede tener sueños vanguardistas.