LAS OLAS DEL ‘RÍO MAR’ zarandean la cacciola a su antojo, como un juguete. La embarcación, no muy grande y totalmente cubierta para evitar los golpes del agua, está cruzando el Río de la Plata desde Tigre, en Argentina, hasta Carmelo, en la costa uruguaya, la forma más barata pero más sufrida de salvar el caudal. Más de tres horas en las que un desacostumbrado gallego puede acabar extenuado de tanto devolver ante la risa de los lugareños, habituados a los vaivenes de la cacciola. La llegada a Carmelo no hace intuir aún nada especial, pero es el punto de partida ideal para iniciar un viaje bordeando la tranquila y salvaje costa uruguaya. Un país pequeño que Argentina, en su superioridad, siente casi como una provincia. Un país discreto y dulce en su conciencia de ser, que no hace ruido. El hogar del desubicado. Solo un requisito: no viajar en temporada alta. Desde el oeste, recorriendo la línea de mar del departamento de Colonia, la primera parada obligada es su capital, Colonia del Sacramento, donde llegan los ferris provenientes de Buenos Aires. Su barrio histórico, patrimonio de la humanidad, fusiona de forma hermosa los estilos español, portugués y poscolonial. Las calles adoquinadas, las cuestas exageradas y los monumentos dibujan una pequeña ciudad que ve cómo el río Uruguay y el Río de la Plata confluyen a pocos kilómetros. Entre las calles estrechas, edificaciones discretas llenas de flores abrigan al caminante del sol y de la desprotección que provoca, desde la altura, la fusión de los ríos con el mar. Siguiendo en dirección al este se toma el bus rumbo al departamento de Canelones, donde se encuentra la capital del país. Montevideo es la ciudad más occidentalizada, urbanística y socialmente, pero eso no le resta misterio. Paseando por sus calles uno se pregunta por qué está tan vacía una ciudad tan grande. Y algunos autóctonos responden sin reparo: la gente se marcha a Europa porque allí los sueldos son bajos. Cerca del puerto, un grupo de jóvenes disputa un partido de fútbol con unas vistas privilegiadas a la Rambla de Montevideo, la larga avenida donde el poeta Mario Benedetti debe pasear sus cábalas bajo la mirada de decenas de gaviotas que, ya en la playa, se acercan a las personas hasta lo insospechado.

COLOFÓN ENTRAÑABLE

En este momento del recorrido, el proceso de enamoramiento de Uruguay solo está en su comienzo. En pro de un viaje íntimo y pasando de largo el departamento de Maldonado, se deja atrás la ciudad turística por excelencia de Uruguay, Punta del Este, un lugar que las voces más populares definirían como el Benidorm uruguayo. Más allá de este enclave se entra en el departamento de Rocha, ya muy cerca de Brasil. Y allí es donde empieza una retahíla de bellos pueblos costeños. Es inexcusable recorrer la costa de Rocha y no detenerse en La Paloma. Y en la inevitable melancolía que da partir, solo hay un último destino posible, Punta del Diablo, donde el viento desbocado ha conformado el paisaje actual. Embarcaciones pesqueras descansan en orillas de arena finísima. Y subiendo el cerro, adentrándose en las irregulares calles que suben y bajan a su antojo, asoman bosques de acacias y pinos. Más al este, Cabo Polonio, un rincón al que solamente se llega recorriendo sus últimos siete kilómetros a pie o en todoterreno. Allí está el mar uruguayo más feroz. Una belleza tan arrolladora que desabriga aquello que abrigó La Paloma. “Añoro esa lejanía como mi propia felicidad… y yo ya no estoy aquí, yo voy camino a La Paloma”, concluye en su canción el uruguayo Jorge Drexler.