LA POLINESIA REPRESENTA, para muchos turistas españoles, el otro lado del mundo. Localizada a casi 19.000 kilómetros de la Península Ibérica, presenta una extensión superior a la europea: cinco millones de kilómetros cuadrados. Su lejanía (unas 21 horas de vuelo), la ha posicionado como la gran desconocida para el visitante europeo. Formada por cinco archipiélagos, el más conocido de todos es el de la Sociedad, constituido por las islas de Barlovento y las de Sotavento. Tahití es la capital, pero también la isla de mayor tamaño y población de la Polinesia. Es muy fácil recorrerla en coche, porque tiene tan solo una carretera de doble dirección que bordea la costa. Uno de los puntos de interés de la capital, Papetee, es su a y u n t a – miento de estilo colonial, su sencilla catedral de Notre-Dame y su mercado surtido con productos típicos de la zona. A destacar el Monoi, un aceite de coco muy hidratante, perfumado con Tiare (la flor tradicional de las islas). En los alrededores, vale la pena visitar el Museo de Tahití y sus islas, para conocer la historia de la Polinesia y la variedad de sus vestidos tradicionales; y el Marae de Arahrahu, considerado el más bonito de todo el Pacífico Sur. El Museo Paul Gauguin, aunque no conserva ningún cuadro original del genial pintor, se encuentra en un enclave idílico. Los viajeros más activos pueden adentrarse por el valle de Maroto hasta llegar a las grutas de Maraa y practicar surf en alguna de sus agrestes playas.

LAGUNAS INCREÍBLES

A tan solo 45 minutos en fast ferry desde Papetee está la isla de Moorea. Rodeada por una laguna, la mejor manera de conocerla es alquilando una embarcación que no precisa carnet de patrón, o una motocicleta. Frente a playas de ensueño, las Bahías de Cook y de Opunohu ofrecen hoteles de cinco estrellas. Hoy en día, ambas conservan el encanto tradicional polinesio. Desde la cima del Belvédère, una montaña de 240 metros en el centro de la isla, se observan las mejores vistas de las dos bahías. Bora Bora, o la Perla del Pacífico, también está acordonada por una de las lagunas más bellas del Mundo. Playas de coral y hoteles con bungalows sobre aguas que cambian de color según el momento del día. En Bora Bora es habitual practicar submarinismo, kayak y pesca deportiva de alta mar. Una de las atracciones turísticas más importantes es la visita al templo protestante de Vaitape, domingo al mediodía, donde los parroquianos entonan a la perfección canciones espirituales. Los viajeros ávidos de aventura pueden salir al encuentro de tiburones y rayas, y sobrevolar los paisajes de la isla a bordo de un helicóptero.

VAINILLA Y PERLAS NEGRAS

En Tahaa, es recomendable descubrir, desde el aire, sus motus (pequeños islotes formados en la barrera de coral que rodea la laguna). Ya en tierra firme, se puede apreciar el aroma de la vainilla, la planta por excelencia de la isla. Situada en el mismo arrecife de coral que Raiatea, esta también es conocida por sus plantaciones, pero de perlas negras. Además de comprar joyas, en la Isla Sagrada se puede recorrer el río Faaroa en kayak; visitar su jardín botánico; o subir a la cumbre del monte Tapoi. Sin olvidar la visita al templo Marae de Taputapuatea, uno de los mejor conservados al aire libre del Pacífico Sur. Otros restos arqueológicos, que también están en muy buen estado, son los de Maeva, en Huahine. Conocida como el Jardín del Edén, esta isla es, para los polinesios, la más salvaje de todas.