UN DELICADO montículo de piedras se eleva hacia el intenso azul del cielo. Y al lado, decenas de construcciones similares. Dicen que cada uno de esos montoncitos fue realizado por alguien que soñaba con ver cumplido un deseo. Y quizás por eso los respeta hasta Eolo cuando, de vez en cuando, se ensaña con Formentera. La brisa se convierte en un redoble ensordecedor al atravesar la isla sobre una bicicleta de montaña o una pequeña escúter, los medios de transporte más comunes. Y no se necesita más.

A dos ruedas es la forma más auténtica de disfrutar de este pedacito de tierra junto a la vecina Eivissa, cuyo contacto visual es constante. La carretera general traza una línea de una punta a la otra y une las pequeñas poblaciones de casitas blancas: La Savina, Sant Francesc Xavier, Sant Ferran de Ses Roques y El Pilar de la Mola, el punto más alto de la isla y desde donde se puede obtener la mejor perspectiva. Y no hay peligro de pérdida, porque todo está al lado de todo: pocas horas tras atracar en el puerto, hasta el más despistado tiene el mapa de la isla en la cabeza. Al tiempo que se prescinde del plano, se puede hacer lo mismo con el reloj y –qué atrevimiento– también con el móvil. Porque si algo tienen en común los que visitan Formentera es la voluntad (cuando no necesidad) de desconectar, de dejar que el tiempo transcurra sin horarios, sin grandes planes ni agendas ocupadas. Y la isla pone todo de su parte para alcanzar este objetivo. No existen visitas culturales inexcusables, ni el típico listado de lugares de interés por el que todo el mundo pasa. Como mucho, un par de faros al borde de acantilados –como el de La Mola o el del cabo de Barbaria–, las cuevas d’en Geroni o algún molino harinero.

El verdadero reclamo de la isla son sus playas. Pero al hablar de ellas, todo pueden parecer manidos argumentos de venta. Sin embargo, en el caso de Formentera, cualquier descripción se queda corta. Es cierto que las fotografías pueden retocarse vía informática, pero allí no hay trampa ni cartón: las aguas turquesas no han sido pintadas, el cielo no ha sido saturado de color, los peces no son fruto de un corta pega y las arenas no han sido quemadas con Photoshop. Nada que envidiar al Caribe.

Es este litoral prodigioso el que atrae cada año a miles de visitantes, entre los que destaca un gran número de italianos. Sienten predilección, entre otras, por la playa de Ses Illetes, un fino hilo de tierra al norte de la isla, donde se acumulan también majestuosos yates, que ponen el toque glamuroso. Especialmente atestada se encuentra también la cala Saona, al oeste, bordeada por varaderos, donde se resguardan las barcas de los pescadores.

Mucho más tranquilos son, por ejemplo, los ocho kilómetros de extensión de la meridional playa de Migjorn. Entre las irregularidades de su relieve, es sencillo encontrar pequeños rincones solitarios donde hacer nudismo, una práctica normal en toda la isla. En líneas generales, si se quiere disfrutar de la soledad en primera línea de mar hay que esquivar al turista y buscar siempre un sendero alternativo.

CUSTODIA POPULAR

Los formenteranos son un pueblo orgulloso de preservar su isla y mantienen una permanente retención de construcciones nuevas, cediendo justo lo imprescindible para permitir un mínimo desarrollo que garantice el progreso económico. Quizás por eso también, los precios son algo elevados, como un método de tamizar el turismo.

Ya sea por un motivo u otro, en Formentera se aprende a disfrutar de las pequeñas cosas. Aquellas que no se pagan ni con todo el oro del mundo, y que, al mismo tiempo, no todo el mundo sabe apreciar: sentarse sobre una roca en Can Marroig con la vista fija en un sol ardiente que, en un par de minutos, cae tras el mar. Entonces comienza el espectáculo de naranjas, lilas y rosas. Y uno cree no encontrar fuerzas suficientes para levantarse y dar la vuelta.

ICONO A RASTRAS

El animal más conocido de Formentera es un tipo de lagartija endémica de las islas Pitiusas. Una especie grande y robusta, con cabeza alta y dorso verdoso o verde pardusco. Suelen pasar el letargo entre piedras secas y entre abril y mayo es cuando comienza su actividad generalizada. Es normal verlas correr durante las horas de sol.