NOMBRAMOS LAS PIRÁMIDES de Egipto y nadie duda de la etiqueta pa- trimonio mundial. Pero en alguna oca- sión, el reconocimiento podría sorpren- dernos, y dejarnos descubrir que el sue- lo que pisamos también es una de esas maravillas de reconocimiento interna- cional. Es lo que ocurre en el Valle del Loira, un “paisaje cultural excepcio- nal, testimonio de un desarrollo ar- monioso entre el hombre y su en- torno durante dos mil años de his- toria”. Así lo describía la Unesco cuan- do lo convirtió en patrimonio mundial en calidad de paisajes culturales. De él tam- bién dijo que “ilustra perfectamente la influencia de los ideales del Re- nacimiento y del Siglo de las Luces en el pensamiento y la creación de la Europa occidental” y que “está considerado como una expresión del talento creador humano”. El río Loira, reacio al rigor en la cana- lización, fue frontera francoinglesa en la guerra de los Cien Años y actualmen- te separa a Francia en dos meteoroló- gicamente. Es indolente manantial en verano y violento en sus crecidas, y a través de esa personalidad inquietan- te ha dibujado en sus orillas espléndi- dos paisajes. Ha dado de comer al hombre, y hoy alimenta el espíritu de los ciclistas que, algún día, quedaron pos- trados ante su majestuosidad. Precisa- mente por la admiración que despier- tan estos trayectos sobre dos ruedas, el próximo junio se pone en marcha el programa El Loira en bicicleta, que per- mite realizar un itinerario de 150 kilóme- tros, de los cuales 120 son lineales y 30 recorren caminos opcionales

CAUCE TRANSITADO
En la Francia preindustrial del siglo XIX, los marineros surcaban el Loira desde Nantes hasta Orleans para asegurar el comercio entre el puerto abierto al mun- do y las tierras del interior. A partir de 1846 las gabarras dejaron paso al fe- rrocarril, pero los muelles y los atraques quedaron para el recuerdo de los que hoy transitan el valle. Al ritmo del pe- daleo se sobrepasan por igual humildes cabañas y palacios de reyes. Bajo la luz dorada del verano o los brumosos cie- los del otoño, las iglesias a veces re- cuerdan faros, y los pueblos puertos, como la Bohalle o San Mathurin. Las casas mantienen la sencillez y ar- monía de sus líneas gracias a la pie- dra más noble que existe: la toba. Una fina calcárea, moldeable por el artista, que extrae sus orígenes del mismo Loi- ra y que, cubierta de pizarra, ofrece magníficos dameros, como los que se descubren tras las murallas de los cas- tillos de Chinon o de Montsoreau. Los monumentos del valle ilustran tanto la arquitectura civil, como la mili- tar o religiosa. Desde el arte románico de la Abadía Real de Fontevraud, pa- sando por el gótico de la catedral de Saint-Gatien de Tours, o el Renacimien- to, con maravillas inspiradas por Flo- rencia como Chenonceau, hasta la épo- ca clásica. El tiempo se escribe en el Valle del Loira con elegancia de formas o como una firme expresión de poder, como demuestra la monumental for- taleza de Angers

FAUNA Y FLORA
La naturaleza, sin embargo, no siente nostalgia. Los animales y las plantas han continuado utilizando este corredor de agua para emigrar o instalarse. Sobre el Loira turonense y angevino, el castor se ha vuelto ligeriano y el gran cormo- rán es un casi residente entre las 3.000 especies animales censadas. Los bo- tánicos creen que más de un centenar de plantas nuevas han colonizado las orillas durante el último siglo, para com- pletar una colección vegetal que se es- tima alrededor de las 1.450 especies. El viaje transforma al ciclista en un ser epicúreo, por su entrega incondicional ante la riqueza cultural y gastronómica de una fresca cascada de estímulos sensoriales.

TEXTO ALBERTO GONZÁLEZ

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