HEREDERA DIRECTA

de las creencias de los antiguos griegos, la mitología ro- mana contaba con largas listas de dioses y héroes que protegían cada uno de los aspectos de la vida cotidiana de los ciu- dadanos y explicaban todos los fragmen- tos de la historia del Imperio. Muchas di- vinidades compartían atributos y caracte- rísticas con sus correspondientes deida- des griegas. Así, por ejemplo, el dios del mar Poseidón se convirtió en Neptuno pa- ra los romanos, y la diosa de la belleza pa- só de ser Afrodita, a llamarse Venus. La custodia del vino estaba en manos de Dionisio para los griegos y el dios Ba- co tomó su papel con la llegada de los nuevos inquilinos del Mediterráneo.

Cuen- tan que de su nombre deriva la palabra italiana bacano, que significa enredo. Y del enredo que hacían los gondolieri cuando bebían demasiado vino nació lo que hoy se conoce en Venecia como bàcaro, un bar pequeño, económi- co y poco vistoso tra- dicionalmente reser- vado a la población local. Una barra, cua- tro mesas y viejas fotos colgadas en las paredes son los únicos elementos deco- rativos de estos locales que sirven ombre y cicheti o, lo que es lo mismo, buen vino y deliciosas tapas. Y es que, lejos de las pizzas precalentadas y los espaguetis ex- prés que llenan los bares de las zonas más turísticas de la ciudad, estos locales per- miten degustar la auténtica tradición gas- tronómica de la zona, cada vez más difí- cil de encontrar en una localidad demasiado llena de visitantes.

VINOS A LA SOMBRA

 Cuentan los antiguos del lugar que años atrás la plaza de San Marcos –principal fo- co turístico de la ciudad de los canales– se llenaba de vendedores ambulantes que ofrecían los mejores vinos de la región. Pa- ra que el vino se mantuviera siempre fres- co, a cierta hora del día todos huían del sol trasladando sus carros debajo del cam- panario de San Marcos en busca de la sombra. De ahí que en Venecia en vez de pedir un vino, se pide una sombra. Las ombre, siempre de un óptimo vi- no blanco o tinto de producción local ser- vido en jarra, pueden costar entre 50 y 80 céntimos y, para engañar al apetito y evi- tar una borrachera tonta, es imprescindi- ble acompañarlas con cicheti. Aunque tradicionalmente en las mesas de los bàcari se servían solo platos liga- dos al mar, hoy se puede degustar una amplia variedad de estas tapas típicas de carne, pescado, queso o verdura, entre las que destacan el bacalao mantecato y las polpette de carne.

Así, cuando los venecianos dicen que van al bàcari se re- fieren precisamente a este placer de man- tener vivo el antiguo rito de beber un buen vaso de vino junto a algo para distraer el hambre. La tradición requiere, sin embar- go, que se vaya al bàcaro en buena com- pañía y con disposición de cambiar de lo- cal con cada nueva copa de vino. Aunque la ruta, diurna o nocturna, pue- de extenderse por toda la ciudad, muchos de los bàcari se concentran en los estre- chos canales del ghetto, el barrio judío si- tuado detrás de la estación de tren de Santa Lucía, y de la erbaria, la zona cer- cana al mítico puente de Rialto.

TEXTO RAQUEL CORREA

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