DESDE LO ALTO del Würstel-Pratel, la centenaria noria de cabinas que domina el parque de atracciones de Viena, se divisa una completa vista de la ciudad. Eso es exactamente lo que diría cualquier guía turístico. Sin embargo, es sólo una verdad a medias. Es una panorámica preciosa; hasta ahí todo el mundo de acuerdo. Pero, a vista de pájaro, uno se queda con la superficie, los edificios inmensos, los monumentos representativos, las grandes avenidas comerciales y el Danubio, vertebrador de un pasado. Desde aquella altura es complicado empaparse del carácter original de la metrópoli, de lo que se cuece en lo recóndito de sus calles y de ese espíritu transformador de los jóvenes, que han hecho de algunos edificios emblemáticos símbolos de la modernidad más absoluta. El diseño se filtra a través de los escaparates de las tiendas, a menudo acompañado de unos precios no demasiado razonables. Por eso no hay que menospreciar cualquier invitación para visitar el circuito alternativo del Flohmarkt o rastro vienés, que abre los sábados. Además de todo un espectáculo, en este variopinto lugar uno puede encontrar desde los cachivaches más estrambóticos hasta la ropa más interesante.

CONCESIONES VOCALES
Parece que uno no ha estado en Viena si no disfruta de una sesión del bel canto. Aunque, al bordear el impresionante edificio de la Ópera, muchos decidirían que excede a sus posibilidades económicas. Pero hay alternativas, al menos para los estudiantes: entradas a mitad de precio e, incluso, billetes muy baratos para ver la función de pie (stehplatz), que se pueden comprar hasta una hora antes de la subida del telón, por un precio casi simbólico. Otra alternativa económica para familiarizarse con este género es acudiendo al Volksoper u Opera del Pueblo (Währinger Strasse, 78), donde pueden escucharse alegres óperas menores. Pero no es precisamente música clásica lo que se escucha en algunos de los considerados templos de la modernidad actuales de Viena, bares y locales que podrían competir fácilmente con los más afamados clubs berlineses o neoyorquinos. Junto al río, bajando unas escaleritas, aparece inesperadamente el Flex, un enorme espacio en cuyas paredes se proyectan imágenes de estética manga y donde se puede escuchar música de todo tipo, desde el pop más facilón hasta el más duro heavy metal. No lejos del centro, en el Wäringer Strasse, el club WUK igual organiza una exposición de arte alternativo que una rave party. Y el conjunto de edificios de ladrillo que albergan el Arena club (Baumgasse, 80), que en el pasado era un matadero, rigen la vida nocturna de la ciudad. Por algo han actuado allí personajes de la talla de David Bowie, Iggy Pop, Nirvana o Massive Attack. Algo más tranquilo, el Blue Box (Richtergasse, 8) pincha hip-hop, música electrónica, pop e indie todos los domingos, y los lunes abre sus puertas para cenar a ritmo de jazz.