IMAGINEN. FINALES DEL siglo XVIII. Carromatos de grandes ruedas atropellan los baldosines de una estrecha calle. Una ventana abierta escupe las notas turbadas de un genio inspirado. Es Mozart creando. Don Giovanni, La flauta mágica, la Sinfonía Haffner…, un piano en Viena, la ciudad de la música, el arte y la cultura. Ahora adelanten tres siglos. La capital de Austria mantiene en sus palacios, calles y museos el aroma que fue, es y será imán de los grandes creadores y pensadores. Y sigue en ese empeño. Desde el 14 de marzo, la capital de Austria dispone de una atracción cultural a nivel mundial: la Albertina, la colección gráfica más grande del mundo (60.000 dibujos y un millón de grabados). Después de varios años de remodelación, el edificio que alberga la Albertina vuelve a abrir sus puertas neoclásicas para que las obras de Rubens, Picasso, Durero o Cézanne cuelguen de nuevo de sus paredes. La Albertina reabre con una exposición dedicada al pintor Edvard Munch. El grito presidirá la colección, que contará con 70 cuadros y cien gráficos del atormentado artista noruego fallecido en 1944. Las mejoras en el edificio permitirán a los visitantes conocer las salas de gala clasicistas donde residieron hacia 1800 el duque Alberto de Saxonia-Teschen (a quien debe su nombre la Albertina) con su esposa la archiduquesa María Cristina. Al cierre de la Albertina se impone una cita musical. La oferta desborda: la Ópera de Viena, la Casa de la Música o las incontables salas de conciertos de la ciudad sacan punta a los pentagramas de Johann Strauss, Franz Schubert, Joseph Haydn o el mismo Mozart