INDOCHINA, película magistralmente dirigida por Regis Wargnier e interpretada por Catherine Deneuve. Entre otras muchas cosas, puso de moda un país que, hasta entonces, solo era tristemente conocido por las desgracias. Hoy es uno de los destinos turísticos más solicitados del planeta. Atractivos, desde luego, no le faltan. El territorio de la República Socialista de Vietnam es una franja de tierra que besa el mar de China. Este país alargado tiene una superficie de 330.000 kilómetros cuadrados (el 65% de España) para una población que no supera los 75 millones de personas. Una buena forma de conocerlo es comenzar el viaje desde Hanói y desplazarse lentamente de norte a sur, por lo que se ha dado en conocer como la Ruta de los Mandarines. Afortunadamente, las guerras ya quedan atrás y Hanói cicatriza poco a poco sus heridas. A simple vista, pocas cosas parecen haber cambiado desde finales del periodo colonial y por eso es esta ciudad una de las más cautivadoras del sureste asiático. Su barrio viejo, los barrios franceses, sus templos milenarios, le hacen sentir a uno como si estuviera en un mundo mágico e irreal. Hanói es sobre todo un lugar para pasear. Paraíso para los ciclistas y las motocicletas, lo es también para los paseos a pie por las viejas calles del mercado central (calle de las Velas, de las Cestas, de los Medicamentos…), con su acumulación de pequeños comercios. Antes de marchar hacia la perla de Vietnam –Halong Bay–, hay varios lugares extraordinarios que visitar: el lago Hoan Kiem, la plaza de Ba Dinh, el lago Occidental o el Templo de la Sabiduría. LA BAHÍA DE LOS SUEÑOS Casi tres mil islas e islotes salpican la indómita Halong Bay, poblada por pescadores y leyendas. Y es que, con sus escarpadas torres calcáreas que surgen imponentes de las aguas verde jade, es un destino imprescindible en cualquier viaje por Vietnam, un laberinto donde uno se pierde fácilmente. Según la leyenda, la bahía fue creada por un grupo de dragones enviados por el emperador de Jade, para defenderse de la amenaza de un gran ejército invasor. Mientras los barcos enemigos avanzaban por las aguas del mar de la China, los dragones bajaron del cielo y lanzaron una lluvia de perlas sobre el mar. Al entrar en contacto con el agua, las perlas se convirtieron en inmensas islas de roca que impidieron para siempre el avance de las naves adversarias. Los escollos que forman ese portento natural son más altos que anchos y tienen un color muy oscuro. La zona, además, está salpicada por grutas cuyo interior sorprende al viajero. Sin embargo, lo destacable en Halong Bay es la experiencia marítima. Los paseos por la bahía, que duran varias horas, son una apuesta acertada. Prosigue el viaje. Más o menos en el centro del país está Hué, última capital imperial. Recostada en un entorno privilegiado y bañada por las plácidas aguas del río de los Perfumes, es también parada obligada. La antigua capital de Vietnam acoge las más exquisitas tumbas y pagodas de toda Indochina. Y es que Hué fue la población elegida en el siglo XIX por los emperadores Nguyen para levantar una ciudad prohibida a imagen (a menor escala) de la construida por sus admirados chinos en Pekín. Aunque el gobierno de Ho Chi Minh puso fin a los días de gloria de Hué como capital imperial de Vietnam en 1945, muchas reliquias arquitectónicas y culturales de la época se han conservado. Este exclusivo dominio real se cobija entre las murallas de la Ciudad Imperial, donde los edificios más destacables (el Palacio de la Suprema Armonía o el Templo de Mieu) sobrevivieron tanto a la primera guerra de Indochina como a la guerra de Vietnam. Sin embargo, el resto de la ciudadela sí fue muy dañada. Sus tres recintos albergaban numerosos edificios imperiales, como el Ngu Phung (Templo de los Cinco Fénix) y el Thai Hoy (Palacio de la Paz), coronados por la torre de la Bandera que domina la ciudad. Las suntuosas tumbas imperiales se sitúan fuera de la aglomeración. Abandonando Hué, a poco más de 30 minutos en coche hacia el sur, se encuentra otra joya: Hoi An. El trayecto es un escenario de arrozales donde chapotean los patos, sembrado de pueblos ocultos entre los árboles y los bambús, campesinos y búfalos que trabajan en el fecundo limo. TESORO ESCONDIDO Hoi An es un viejo puerto comercial conocido por las decadentes casas de mercaderes y un puñado de pequeñas callejas junto al río. Antaño fue un floreciente centro comercial que atraía a mercaderes de todo el mundo: portugueses, indios, holandeses, chinos y japoneses. Estos dos últimos pueblos, atraídos sin duda por la belleza del lugar, se establecieron definitivamente aquí y construyeron casas extraordinarias y templos. Bien avenidos con las gentes locales, financiaban proyectos sociales, como el puente de los Japoneses (siglo XVI), construido para salvar un arroyo que separaba su barrio del de los chinos. Por su parte, entre los siglos XVII y XVIII algunas grandes familias chinas que vivían aquí dejaron para la posteridad exquisitas capillas y pagodas dedicadas a sus antepasados. Una sugerencia: pasear por las calles de Hoi An al amanecer, cuando regresan a puerto cientos de barcazas con sus capturas. Rápidamente se organiza un gran jolgorio, con las mujeres clasificando el pescado bajo un enjambre maravilloso de sombreros cónicos; y los hombres negociando el precio.