EL FIN DE SEMANA es un visto y no visto. Fácilmente llegamos al lunes con poca cosa que contar y la consecuente sensación de improductividad. Y a veces es solo una falta de iniciativa, porque existen algunos destinos internacionales ideales para una escapada de 48 horas. Zúrich entra dentro de este grupo. A tan solo cien minutos de vuelo desde Barcelona –trayecto que también se puede realizar en conexión ferroviaria directa y diaria–, la ciudad suiza mira a los Alpes con un punto de nostalgia y otro de efervescencia cultural. La mejor manera de recorrerla es a pie, o bien a través de su compleja y eficaz red de tranvías. El punto de partida es la impresionante estación central de ferrocarril, un importante nudo de comunicaciones que incluye un centro comercial abierto los siete días de la semana. De allí parte la Bahnhofstrasse, la legendaria avenida bancaria con los precios inmobiliarios más altos del mundo. Las exclusivas boutiques de moda, almacenes y cafés, invitan a adentrarse en ella a través de un relajado paseo. Y a veces solo eso, porque sus precios resultan prohibitivos para muchos bolsillos. Por algo se dice que la ciudad sigue ocupando el número uno mundial en calidad de vida. El cachet sigue en aumento cuanto más se acerca uno al lago de Zúrich. Se llega así a la Bürkliplatz, con su pequeño muelle, puerta de entrada al lago. La preciosa panorámica de sus orillas, con casitas de cuento salpicadas por verdes colinas, se disfruta cómodamente sentado en la cubierta de uno de los barcos que, uno a uno, recorren los embarcaderos de esta inmensa masa de agua. Así hasta llegar a Rapperswil, la encantadora ciudad de las rosas, famosa por su casco antiguo, el palacio, el Museo Polaco y su zoo infantil.

A LA VUELTA
De regreso a Zúrich, vale la pena echar un vistazo a la estación de Stadelhofen, uno de los grandes atractivos de la arquitectura urbana, obra del arquitecto español Santiago Calatrava, y donde vigas de acero y pilares de hormigón forman multitud de arcos en tensión entre la fuerza y la liviandad. Junto a la estación, se encuentra el teatro de marionetas. Y del mundo de la imaginación al de la naturaleza, visitando el zoo de la ciudad, que destaca porque en él pueden contemplarse alrededor de 2.000 animales de más de 260 especies, que viven en espacios cuya configuración y vegetación recrea los hábitats reales. Finalmente, una breve excursión al Üetliberg, la colina mirador de los zuriqueses, ofrece una espléndida vista sobre la ciudad, el lago y toda la región.

EL CASCO ANTIGUO
El río Limmat baña de un lado y otro las callejuelas más entrañables del barrio viejo de la ciudad. A través de estos caminos empedrados se suceden infinidad de pequeños comercios, cuidadas terracitas y algunos de los más de 1.700 restaurantes de Zúrich. Sorprende la limpieza y el orden que preside el lugar, traducido en el cuidado de las fachadas, en el gusto por las flores que se descuelgan de cualquier balcón y en el jugueteo de los peces y los cisnes en las traslúcidas aguas. Tan limpias se encuentran estas que en el verano se convierten en piscinas improvisadas, donde en los días calurosos se bañan cientos de personas, con un interiorizado respeto por conservarlas impolutas. El primer edificio que sobresale sobre los tejados de las casitas del distrito es el Grossmünster, la imponente catedral, con sus ricas estatuas romanas del pórtico y la estatua gótica de Carlomagno en la cripta. Además de la gigante, también destaca la basílica Fraumünster, otrora un convento de monjas, donde a cada paso aparecen restos carolingios. Aunque quien prefiera el modernismo clásico seguramente reparará antes en la iglesia tardogótica, donde hay cinco ventanas de Marc Chagall. Sobre los rojizos tejados a dos aguas también se asoma la Saint Peter-Kirche, en cuya torre románica pueden verse las esferas de reloj más grandes de Europa. Para no perder de vista la hora de partida. Porque si por casualidad se sobrepasa el fin de semana, uno corre el riesgo de quedar atrapado para siempre entre el aroma de una râclette y el dulzor de unos bombones de chocolate con crema, licor o fruta escarchada