Zúrich West ha sabido aprovechar su original encanto industrial e integrarlo con las nuevas tendencias, convirtiéndose en la zona preferida por los jóvenes de la ciudad
Texto: Alberto González

 
Hay un tipo de turista moderno – ahora lo llaman hipster, que siempre queda más cool-, que viaja buscando aquellos rincones que aúnan historia, arte, diseño y tendencias. Es el perfil del que llega a Barcelona y se va de compras al Palo Alto Market, en el barrio del 22@, o desembarca en Londres y se asienta en los encantadores bares del East End. Para este viajero, Zúrich también tiene su equivalente. Y se llama Zúrich West.
A finales del siglo XIX, algunos visionarios -futuros dueños de grandes corporaciones- se percataron del potencial de este lugar, junto al río Limmat -fuente de agua y energía-, y la estación del tren (para traer y llevar mercancías). De ahí que comenzaran a dar forma a este distrito claramente industrial, que funcionaría a todo gas durante largas décadas.
Sin embargo, a partir de 1980, las naves se fueron vaciando una tras otra, dejando el barrio un tanto olvidado. Pero estaba escrito que habría un resurgimiento. Y vaya si ha llegado. En los últimos años, el lugar donde antes resonaban las máquinas, ha sido el escogido por otro tipo de pioneros, los del siglo XXI, que en vez de confiar en el potencial del hierro y el acero apuestan por otros valores en alza, tales como la música, la gastronomía, el diseño, las compras o el arte.

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Y aunque en el nuevo barrio de moda de la ciudad ya no se respira el hollín de un tiempo atrás, muchos edificios siguen dando testimonio de aquel pasado: la plaza de Escher Wyss, por ejemplo, lleva el nombre de la compañía Escher, Wyss & Cíe, que, fundada en 1805, se dedicaba a la construcción de máquinas y turbinas. Y la plaza de Steinfels AG, un exitoso frabicante de jabón, que aún hoy produce productos cosméticos, pero bajo otra denominación y en otro lugar.

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Asimismo, Turbinenplatz fue bautizada de esta forma en honor a su pasado, y en la antigua fundición Puls 5 se ha conservado la estructura desl edificio -con sus ganchos y manivelas-, mientras que el interior acoge restaurantes, oficinas, y hasta un centro de fitness.
Solo un reducido de empresas industriales han logrado resistir a los avances tecnológicos. Entre ellas se encuentra Swissmill, un molino de grano; MAN, una constructora de maquinaria o la planta de incineración de de Josefstrasse.
DE COMPRAS. Bajo las antiguas arcadas del viaducto ferroviario hay tiendas ´outlet´
Pequeñas empresas de creadores independientes, espacios de coworking, talleres de artistas, galerías, pequeños teatros o medios de comunicación comenzaron a instalarse en este barrio con la entrada de siglo. Se respiraban entonces aires de cambio , aprovechados también por algunos emprendedores, quienes ubicaron allí bares, discotecas y otros espacios destinados al ocio.

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Para no quedar anclados en el pasado, los arquitectos apostaron por enriquecer la zona con algunas nuevas construcciones, que contrastan con los antiguos edificios y, al mismo tiempo, muestran un equilibrio urbano. Entonces nació la gigante Prime Tower, que ya se ha convertido en uno de los iconos de la ciudad. Se remodeló también el edificio de la antigua procesadora de leche Toni, que ahora acoge la Universidad de Ciencias Aplicadas y la Universidad de Arte (además de 90 apartamentos de alquiler). Y se construyeron promociones de lujo como el bloque Escher-Terrasen. En algunos casos, los límites entre las antiguas y las nuevas construcciones son inexistentes, como ocurre con el viaducto ferroviario, construido en 1894, bajo cuyos arcos se ubican más de 50 tiendas outlet. No es que se den la mano: aquí lo viejo y lo nuevo es casi lo mismo.