HAY PUESTAS DE SOL que no pue- den olvidarse. Algunas nos devuelven un verano, una melodía o un perfume; otras, sencillamente un paisaje, un lugar que decidió detener el tiempo entre el áurea dorada del astro rey y un horizonte teñido de rosa. Éste es uno de los re- cuerdos que siempre regresa en la ma- leta de aquel que visita el archipiélago balear. Junto a ése, la memoria se im- pregna de un envidiable clima, aldeas de un blanco puro o paradisíacas pla- yas. El archipiélago se divide en dos gru- pos de islas: las Gimnesias (Mallorca, Menorca y Cabrera) y las Pitiusas (Eivis- sa y Formentera). Si bien todas ellas comparten rasgos, no pueden medirse por el mismo rasero, porque cada una posee un personalidad propia, que de- fienden con celo. Desde que los primeros turistas co- menzaran a llegar en los años 20 del pa- sado siglo, las Baleares han experimen- tado una transformación radical. Hoy constituyen un lugar cosmopolita al que acude gente de todo el mundo. Algunos optan por instalarse en torno a una pla- ya y olvidarse del resto. Allí, y gracias a los puertos deportivos que se distribu- yen a lo largo de todo el litoral balear, se dedican a la práctica de deportes acuá- ticos. Otros, sin embargo, son partida- rios de enriquecerse de la riqueza y va- riedad del archipiélago. Mallorca, la isla mayor, es cuna de in- teresantes enclaves de gran valor his- tórico y artístico. S’Arenal, Can Pastilla, Paguera, Alcudia o las Calas de Mallor- ca son algunos de los muchos lugares turísticos completamente equipados donde se puede disfrutar de la riqueza de los contrastes de la isla. También en Formentor, la Sierra de Tramuntana, An- draitx, las Cuevas de Drach… Desde la costa sur se divisa el Parque Natural Ma- rítimo y Terrestre de la isla de Cabrera, cuya visita está restringida desde 1991. Flotando cercana, Me- norca posee una atmósfe- ra casi virgen, que incita al descanso. La isla menor está salpicada de vesti- gios de todos sus mora- dores anteriores, desde monumentos megalíti- cos hasta construccio- nes de influencia bri- tánica. Y, siempre cerca, la calas más inhóspitas, más exó- ticas, más limpias. Por su parte, Eivissa siempre ha sido definida como el lugar cosmopolita don- de llegaron los primeros signos de mo- dernidad. Con el tiempo, la isla blanca ha mantenido intacto su encanto y su atractivo turístico, aderezados con una inigualable vida nocturna. Eivissa se dis- fruta de noche, pero también de día, en playas como Figueretes, la playa d’en Bossa o San Antonio. Su vecina pitiusa, la isla de Formentera, apenas posee 5.000 afortunados habitantes que ven el Mediterráneo desde cualquier rincón. Pero la visita es limitada, fugaz. Con la recogida del equipaje se escapa un suspiro. Y es entonces cuando el visitante se da cuenta de que, más que un adiós, aquello es sólo un hasta luego

TEXTO DARÍO REINA