SE ENCIENDE EL GANGES. Con los primeros rayos de sol, miles de devotos toman un baño ceremonial en Benarés, considerado como el centro de peregrinaje más antiguo de toda la India. Las escaleras que dan acceso directo al río, llamadas ghats, se animan con gentes de todos los estratos sociales. Sin embargo, durante la inmersión, todos ellos se hacen iguales, equiparables, bajo un mismo rito de oración y purificación. Embriagada por el olor del incienso –que se escapa de los templos hindús–, la ciudad es una telaraña de callejuelas estrechas y tortuosas y avenidas pintorescas, surcadas por peregrinos, sacerdotes hindús y sadhus errantes, aquellos ascetas que han renunciado a todo –su casta, posición social, al dinero y la autoridad–, consideran que buscan el alma universal y, por lo tanto, renuncian también a una posición religiosa. Benarés ha sido un centro de educación y civilización durante más de 2.000 años. Fue en Samath, a solo diez kilómetros, donde Buda predicó por primera vez su mensaje, hace 25 siglos. Más tarde, la ciudad se convirtió en un destacado centro hindú, pero desde el siglo XI en adelante fue saqueada en numerosas ocasiones por invasores musulmanes. Estas visitas destructivas culminaron en la del emperador mogol Aurangzeb, quien arrasó la práctica totalidad de los templos locales y transformó el más famoso en una mezquita. Los minaretes de esta se elevan todavía hoy más de 70 metros sobre el Ganges, mientras, en su base, guardias armados custodian el edificio, para evitar posibles conflictos entre hindús y musulmanes. Actualmente Benarés es un centro educativo, sobre todo para eruditos en lengua sánscrita, y estudiantes de todo el país. También desempeña un destacado papel en el desarrollo del hindi, el idioma nacional de la India. Por eso, no deja de sorprender que sea esta el centro de una de las regiones más atrasadas del país, superpoblada, rural y agrícola. CIUDAD DE LAS FLORES Siguiendo hacia el este el curso del río, se llega a una de las urbes que ha estado habitada durante más tiempo de forma continua. Es Patna, también llamada Kusumpur y Pushpapura, dos maneras distintas de decir ciudad de las flores. Un lugar donde las viejas tradiciones siguen conservando todo su sentido. Lo demuestra la procesión del Chaat, una fiesta pintoresca que tiene lugar entre octubre y noviembre, en la cual las mujeres llevan cantando frutos, flores y leche a la orilla del río, como ofrenda al sol. El mismo carácter auténtico tienen los conciertos de Dussehra, que se celebran cuando llega el otoño, la palpitante carrera de coches de caballos llamada ekka o la fiesta de los Sikhs. Antes de adentrarse en Patna, se recomienda planear sobre la ciudad –que se extiende 25 kilómetros sobre el límite del río– con la mirada. Es posible hacerlo en el Golghar, un inmenso granero de 25 metros de altura que apenas se ha utilizado como almacén de grano, pero al que se puede acceder por una escalera. Desde esta fabulosa atalaya se obtiene, además de un eco fabuloso, una vista panorámica incomparable. Se divisa el museo municipal, con una buena colección de restos arqueológicos; Kumrahar, al sur de la ciudad que, en realidad, es la excavación de Pataliputra, la antigua capital de Ashoka del siglo III a. C., de la que se conservan la sala de la asamblea y los restos del monasterio budista Anand Bihar; Har Mandir, un antiguo templo sij; y la biblioteca oriental Khudabaksh, fundada en 1900, que dispone de una excelente muestra de manuscritos árabes y persas, pinturas mongoles y diversas joyas, como un Corán escrito en un libro de 25 centímetros de anchura. Sentado, frente a un té con jengibre, el visitante observa el transcurrir de la vida en India. Ese país místico, espiritual, romántico y eterno que bulle de excitación en la mente occidental. Y, fuera de estos tópicos, mucho más.