A PRINCIPIOS DEL SIGLO IX Angkor, como capital del reino de Camboya, comprendía una parte de los actuales países vecinos: Tailandia, Laos y Vietnam. Sus poderosos reyes, además de construir monumentales templos –solo comparables con las pirámides– crearon todo un sistema hidráulico por el que el agua tenía una doble función que todavía es estudiada por los expertos. En el sentido más técnico, su función es puramente de regadío; por otro lado, es una concepción cosmogónica en la cual los templos son la representación en la Tierra de ciudades divinas circundadas por océanos. Sea la explicación que sea, lo cierto es que en muchas zonas occidentales de Angkor este sistema de regadío alimenta arrozales de las tierras bajas, además de aportar gran belleza a joyas arquitectónicas como Angkor Wat. Pero el parque es mucho más que templos y fosos con agua. Su belleza reside en su espiritualidad y en el buen estado de conservación de la mayoría de los 1.000 templos que lo componen. Aunque no siempre fue así. Hubo un tiempo de sombras, en el que tras su esplendor cayó en el olvido durante más de cuatro siglos y el bosque lo ocultó como un tesoro, hasta que el botánico francés Henri Mouhot descubre Angkor, en 1860. Desde entonces, varias expediciones francesas visitaron los templos e iniciaron los trabajos de restauración, pues la selva había invadido la mayoría de las construcciones. En la actualidad, la tarea de restauración prosigue gracias a la financiación de varios países, y bajo la atenta mirada de la Unesco, que la nombró Patrimonio de la Humanidad en 1992. El esfuerzo va dando sus frutos y cada día el parque se asoma al mundo con más esplendor. Recorrerlo no es tarea fácil, y se requiere un mínimo de tres o cuatro días para ver los templos más monumentales. Angkor Wat es la joya del parque. Se cree que fue concebido como templo y mausoleo para el rey Suryavarman II cuando el imperio Khmer estaba en su apogeo, a mitad del XII. Al igual que en las demás construcciones de Angkor, el tema central de su arquitectura gira entorno a la idea de templo-montaña. Cuando se construyó, este concepto había evolucionado hacia una torre central rodeada por cuatro torres más pequeñas. El edificio central representa al mítico monte Meru, la montaña santa centro del universo, la morada del dios hindú Vishnu. Las cinco torres simbolizan las cinco cumbres del monte Meru. Por su parte, Phnom Bakheng es un templo del siglo X erigido en lo alto de una colina: se ha convertido en el lugar más popular para admirar la jungla circundante y la puesta de sol sobre Angkor Wat. Angkor Thom fue la urbe más grande del mundo en el año 1200. Se cree que llegaron a vivir en el interior de sus murallas cerca de un millón de almas. Dentro se pueden ver magníficas edificaciones, pero una brilla con luz propia: el Palacio Real Bayon, un conjunto de corredores abovedados comunicados por escarpadas escaleras y coronado por 54 torres decoradas con 216 caras. La magia de este lugar es clara, ya que todo en él suma 9. Un número mágico. 54 torres son 5+4; 216 caras suman 9, la ciudadela que lo rodea mide 9 kilómetros cuadrados, dada su orientación el sol al amanecer va iluminando las caras una por una en orden y al atardecer se produce el efecto contrario. Por último, las ruinas de Ta Prom se sujetan en árboles centenarios cuyas descomunales raíces, con el paso de los años, se han incrustado en los muros y forman un conjunto en equilibrio absoluto. Mientras, sus enormes troncos sujetan a alturas increíbles unas copas cuajadas de hojas que dan sombra a prácticamente todo el templo y lo mantienen en una penumbra misteriosa. Estas imágenes han dado la vuelta al mundo y se han convertido en un símbolo de Camboya.