JACQUES COUSTEAU

ya lo dejó claro en 1978, Dubrovnik y sus alrededores tienen el mar más limpio y claro de todo el Me- diterráneo. Y pocas cosas han cambiado desde entonces. Solo que Croacia y su re- gión más sureña, Dalmacia, se han con- solidado como destino turístico, en un rá- pido esprint desde los turbulentos años 90. Las razones son una costa salpicada de pequeñas islas que tanto esconden ca- las como monasterios, un paisaje en es- tado puro en el que sobresalen los robles, los pinos y las vides y, sobre todo, Du- brovnik, la llamada joya del Adriático. Una ciudad que vive abocada al mar protegi- da por sus murallas de piedra, que encie- rran unas calles marcadas por la historia, la herencia cultural, la identidad marinera, y el espíritu moderno.

 A pesar de que la ciudad ha sido a lo lar- go de la historia el punto de encuentro de todo tipo de conflictos entre imperios va- rios, Dubrovnik consiguió alcanzar una am- plia autonomía que la convirtió en prácti- camente un estado independiente, en el que la libertad se convirtió en su principal bandera. Algo que ha perdurado hasta el momento, junto con el culto a la belleza y a la vida expresado por sus poetas y ex- perimentado por los visitantes que se acer- can a sus estrechas calles. De hecho, la ciudad es en sí misma un monumento, tal y como lo reconoció la Unesco, al nom- brarla patrimonio de la humanidad. La piedra blanca es el elemento que pre- domina en las escaleras, plazoletas y ca- lles del casco antiguo de la ciudad, ence- rrado en la circunferencia que forman sus murallas a lo largo de 1.940 metros.

El blanco también predomina en las losas del pavimento de su eje principal, la calle de Stradun, que conecta el portal oriental con el occidental y es donde se organizan los grandes acontecimientos culturales, co- mo el Festival de Verano, que llena las no- ches de agosto de conciertos.

 ARMONÍA Y MODESTIA

Resistente y vulnerable al mismo tiempo, la piedra fue el material que trabajaron constructores, artesanos, canteros y es- cultores para crear todo tipo de obras ma- estras arquitectónicas. Sin embargo, el tra- bajo no acaba nunca. La ciudad se ha visto amenazada en varias ocasiones por te- rremotos, incendios y guerras. Su espíritu ha permanecido intacto, pero no sus edi- ficios. Por eso, se puede decir que Du- brovnik es una de las obras más comple- jas en cuanto a la reconstrucción del patrimonio mundial. Y siempre bajo unas mismas reglas que dicen mucho de la esencia de la zona: armonía y modestia. Pero Dubrovnik no es el único argu- mento de las tierras dálmatas. Mientras el núcleo antiguo de la ciudad confiere a la zona de un marcado acento cultural e his- tórico, el litoral y las islas que se multipli- can frente a su costa ofrecen la oportuni- dad de experimentar el Mediterráneo en todo su esplendor.

A tan solo 45 minutos en ferry, aparece Kolocep, que junto con Lopud y Sipan forman las llamadas Islas Elafitas. Las tres tienen un aspecto de gran jardín recorrido por senderos que conec- tan con las calas ubicadas en sus orillas y esconden pequeños pueblos de pesca- dores, capillas, mansiones y una belleza natural que causa impresión. Algo que también sucede a lo largo de toda la riviera de Dubrovnik. Para sumer- girse en ella, existen varias opciones, y no son pocas.

Turismo rural, espectáculos fol- clóricos, monumentos de interés arqui- tectónico o arqueológico, paseos y ex- cursiones a lugares históricos, visitas a miradores y a fuentes de ríos en las mon- tañas, algún que otro baño en sus calas rocosas y, por último, su gastronomía. Múl- tiples opciones que no son más que el re- flejo de la forma de ser de la región, que combina playa con cultura, sol con his- toria y belleza en todos los sentidos.

TEXTO EDUARD PALOMARES

Poder de atracción

Partiendo hacia el norte, el viajero debe de- cidir entre seguir hacia la ciudad de Split o desviarse hacia el mar por la península de Peljesac. Las playas de Orebic pueden ser un buen motivo para escoger esta última op- ción. Otro es que, desde esta localidad, la is- la de Korcula se encuentra tan solo a un bre- ve salto. Bastarán unos minutos para poner los pies en un pedazo de tierra que combi- na el verde intenso de sus bosques con el azul profundo del mar. Y como un Dubrovnik en pequeño, la ciudad de Korcula sobresale sobre una península rodeada de murallas de piedra, plagada de callejuelas y fortificaciones y con un poder de atracción que se mantiene intacto desde la época de los griegos.