PISAR TÚNEZ IMPONE días de agua y arena, historia y tradición; días de vida compartida entre la brisa del Mediterráneo y la magia y espiritualidad del desierto del Sáhara. La tierra de la hospitalidad, donde el dorado de las dunas y el verde de los oasis armonizan en una belleza sin límites, seduce al viajero por sus cinco sentidos. Más de 3.000 años de historia abrazan un destino cercano, asequible y con una diversidad turística sin igual. Túnez es país de contrastes. Deporte, salud, ocio, cultura y gastronomía en uno de los pocos rincones del globo en el que las espléndidas playas se funden con montañas punteadas de árboles y un desierto infinito. Pero el océano de dunas no es sólo un cúmulo de crestas de oro y pasos sigilosos de camello. La vida emana de los pueblos bereberes y de los alojamientos trogloditas. Como los de Matmata. En esta pequeña ciudad tunecina de aspecto lunar, el ojo inexperto sólo distinguiría cráteres ganados a la roca a los pies de montañas cónicas profundamente recortadas y separadas por estrechos barrancos en los que crecen higos y olivos, cebada y algunas palmeras solitarias. El rompecabezas que forman las moradas trogloditas, con un complejo sistema de túneles y cavernas que van derivando en estancias y graneros, ha inspirado los escenario de La guerra de las galaxias. Más al sur, el visitante ninguneado se plantea dónde acaba la casa y empieza la montaña. El pueblo de Chenini es paradigma de la dura contienda con la naturaleza. Este pueblo bereber talló la roca en las pronunciadas laderas de la montaña hace más de nueve siglos. Todo es pintoresco e imponente en este hormiguero humano encumbrado y dominado, en la unión del anfiteatro de viviendas, por la mezquita. Sobre los caminos del sur tunecino también se levantan los ksars, un misterioso cuadrilátero formado por pequeñas celdas, llamadas ghorfas, colocadas una encima o al lado de la otra. Los habitantes de la región los usan para almacenar sus cosechas en momentos de inseguridad e incluso como refugio o centro de reuniones sociales de los hombres. SOMBRAS BENDECIDAS El murmullo de los manantiales y las sombras bendecidas por las palmeras encumbran al oasis como un paréntesis celestial entre duna y duna. El secreto de tanta lujuria natural reside en el agua, que ha permitido al hombre domesticar el Sáhara. Perfectamente equipados, los oasis esperan al visitante ávido de exotismo en hoteles instalados en un marco natural en el que está garantizado el confort y la higiene. La arquitectura de pueblos bíblicos convive con la oferta lúdica y deportiva de estos pequeños caprichos del desierto. El suroeste de Túnez aparece como un rosario dorado donde las distancias se miden en días. Es el desierto infinito. Y en su puerta: Douz, una ciudad genuinamente desértica rodeada de dunas montañosas desde la que parten los safaris saharianos. Su artesanía de piel de dromedario, sus joyas bereberes y la cría del célebre slougui, galgo del desierto de pura raza, hacen de Douz un museo de tradiciones. La oferta turística en el crudo desierto incluye excursiones en 4×4, salidas en quads o paseos en globo. Las salidas en camello acercan al viajero los atardeceres violáceos, la voz penetrante del Muecín o los espejismos más sugestivos. Si se pasa la noche bajo el racimo desafiante de estrellas, el viajero podrá ser testigo de la salida de un sol teñido de blanco por la fuerza de las dunas. TEMPLOS DE SALUD El turismo de salud y bienestar es otro de los encantos más agradecidos por el viajero que aterriza en Túnez. La ciudad de Sousse fue, en 1994, la primera en abrir un centro de talasoterapia, una técnica de curación de ciertas enfermedades mediante el clima y los baños marinos. La riqueza de las algas que reposan en la costa y la bondad del clima mediterráneo