La Rochelle derrocha carácter marinero con sus extensas playas, sus regatas, una gastronomía exquisita, festivales, calles y barrios pintorescos y, sobre todo, con esa manera especial de aprovechar lo que la vida ofrece en este rincón privilegiado del Atlántico.

NO HAY NADA como dejarse llevar hasta una ciudad de la que se desconoce casi todo y acabar prendado de ella por lo que ofrece, sin prejuicios ni expectativas. Así fue el primer contacto con La Rochelle, la capital del Departamento francés de Charente Marítimo, con apenas la promesa de pasar unos días con mucha música de fondo, coincidiendo con el multitudinario festival Le Francofolies, que durante seis días del mes de julio envuelve este puerto atlántico con notas francófonas de distintos estilos, que asaltan desde diferentes escenarios, cafés y bares, desde la calle misma. Sin embargo, La Rochelle secuestra los sentidos desde la llegada, en cuanto el barco que hace las veces de autobús pasa entre las torres de Saint-Nicolás y La Chaine, al pasear por los callejones del barrio de Saint-Nicolás, al dejarse acariciar por la brisa del océano, al cruzar el puente que conduce a la sorprendente y coqueta isla de Ré, al saborear una gastronomía cuyo producto estrella son las ostras y el delicioso pineau. Las terrazas invaden el puerto de esta ciudad joven y con fama de rebelde desde el siglo XVII, ya que La Rochelle era la única plaza protestante en un país que se declaraba católico. La rebeldía no le impidió ser también una ciudad próspera durante siglos, como queda patente en sus edificios, palacetes y torres, gracias a las exportaciones de sal y otros productos. Tras algunos años de estancamiento, La Rochelle volvió a sus orígenes, a cultivar un estilo de vida ferozmente independiente, un lugar donde sus habitantes disfrutan de calles con sabor a bohemia, de la tranquilidad de una ciudad que, aunque pequeña, tiene cultura y actividades a raudales, y por supuesto, del sol y del mar. Pionera en buscar la mayor calidad de vida de sus 100.000 vecinos, desde el centro de la villa se alternan varios kilómetros de parques y vías verdes, caminos donde el coche está vetado y senderos para llegar en bicicleta a las playas y a los bosques.

CARÁCTER MARINERO

La imagen de la ciudad está ligada al Atlántico, no en vano aloja cuatro puertos, entre ellos el de Les Minimes, que con 3.600 amarres (a los que hay que sumar 700 el próximo año) ha convertido a La Rochelle en la capital europea de la vela, el lugar donde hacen escala las regatas más importantes. Resguardado por las cercanas islas de Ré y Oléron, el espacio náutico de la ciudad es amplio pero seguro, y el carácter marinero se encuentra aún en muchas de sus calles y cafés. Ese es el caso de la bodega Guignette, en el barrio de Saint-Nicolás, que lleva sirviendo el popular pineau de Charentes –una deliciosa mezcla de vino y coñac– desde 1933; o en sus certámenes navales, como el Gran Pavois, el primer salón náutico a flote de Europa que lleva celebrándose desde el año 1973; o en el barrio de El Gabut, junto al puerto, que luce arquitectura de inspiración escandinava con casas de madera pintadas de colores. Simplemente, al dejar reposar la mirada en los faros que aún se mantienen en pie, queda claro que esta ciudad a la que tanto le gusta la calle tiene alma de lobo de mar.

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UNIDAS POR UN PUENTE

La Rochelle no es la típica ciudad europea de mediano tamaño en la que la noche cae demasiado temprano y deja las calles desiertas con el cierre de los comercios. Es animada, muy animada, y en días de festivales y regatas más aún. Pero quienes persigan la tranquilidad sin renunciar al ajetreo, a pocos kilómetros de La Rochelle hay varias playas donde descansar, como Châtelaillon, ciudad balneario con un ambiente más familiar. Cruzar el puente que lleva a la isla de Ré, donde la bicicleta es la reina absoluta de una carretera que bordea la costa y recorre los más bellos pueblos, es otra buena opción. Su paisaje es salvaje y sencillo, con pueblos de arquitectura humilde y sin artificios, pero con mucho encanto. Se le conoce como la isla blanca, tal vez por esas salinas que llevan 500 años dando trabajo y riqueza a la zona. El pueblo de Saint-Martin se convierte en verano en lugar de exclusivo veraneo de famosos galos que buscan refugio entre sus calles estrechas y pintadas en cal.

TEXTO Y FOTOS MARIBEL HERRUZO