Es el primer puerto francés y se considera la capital del sur del país. También es conocida como la cité phocéenne por ser fundada en el 600 a.C. por unos marineros griegos de Focea. Por eso, inicialmente, fue llamada Phokaia, nombre de la antigua capital de los foceos.

CUANDO EL SOL PIERDE ALTURA

Notre- Dame de la Garde, símbolo de la ciudad, comienza a proyectar su majestuoso perfil sobre el plano. Desde el punto más alto de Marsella, la basílica cubre bajo una sombra protectora a su querida. Las terrazas junto al templo divisan entonces el puzle que se entrelaza allí abajo, un mosaico de edificios en el que sobresalen las torres de la abadía de Saint-Victor, con las criptas que vieron nacer la cristiandad en Provenza. Se elevan triunfalmente edificios del siglo XIX por toda la ciudad, desde las columnas del Palacio de la Bolsa a las nobles fachadas de la Prefectura, pasando por las fuentes del palacio Longchamp. EL

PUERTO, RAZÓN DE SER

Fundada hace 2.600 años por los foceos, la ciudad de Massalia, actual Marsella, ha sido desde siempre un crisol de ideas, de razas y civilizaciones, una ciudad cosmopolita de asombrosa vitalidad. Aliada de los romanos en sus orígenes, contra los cartagineses y los celtas, fue destruida por Julio César y después, una vez reconstruida, se volvió el principal puerto comercial con Oriente. Todavía hoy, su puerto conserva el encanto de un pasado trepidante, especialmente cuando cada mañana, bajo la sobria apariencia de sus fachadas, vocean su mercancía los labradores del mar, en el mercado de pescado del Muelle de los Belgas.

La relación con el mar ha marcado la personalidad de Marsella desde sus inicios

El puerto viejo es el eje a partir del cual se organiza toda la ciudad, y el marco donde se llevan a cabo infinidad de manifestaciones artísticas, turísticas y de ocio. Visto desde la parte baja de los Jardines del Faro se convierte en una estampa inolvidable, especialmente cuando el sol bajo tiñe de melancolía el lugar. Mientras, en la orilla norte del puerto viejo, el barrio del Panier sigue narrando la historia de la ciudad en la que, durante siglos, se concentraba toda la vida de la antigua Marsella. Una mezcla de marineros, pescadores, cordeleros y pescadores, cuya vida sabe a agua salada.

MONUMENTO NATURAL

Son valles fluviales invadidos por el agua. Un macizo calcáreo al borde del mar se extiende a lo largo de casi 20 kilómetros de largo y cuatro de ancho, entre los municipios de Marsella y Cassis. Es Calanques, un conjunto de acantilados que alcanzan los 400 metros de altura, y que se despeñan en las aguas de color verde turquesa del Mediterráneo.

El lugar dibuja una veintena de calas, muy apreciadas por los navegantes. Partiendo de Cassis, la primera en aparecer es Port- Miou. Es la más larga, pero también la menos salvaje. Tras ella llega Port-Pin, un brazo de mar de color verde intenso que se insinúa entre escolleras aún poco escabrosas. Y, por fin, En-Vau, donde comienza el verdadero paisaje de las Calanques. Después vienen los pináculos de Castelvieil y un acantilado que asciende hasta los 460 metros de Grande Candelle, la cima, el acantilado de Devenson, algunas cuevas exteriores y submarinas y más calas. Cada cresta tiene una historia personal que bien conocen el águila de Bonelli y el halcón peregrino, algunas de las especies de la rica ornitología del lugar, protegida desde 1975.

Un sendero de 25 kilómetros recorre este retazo de costa agreste, proponiendo al caminante una atractiva excursión. Mar y montaña: dos conceptos típicamente antitéticos que, en Calanques, se funden en un guiño de amistad.

TEXTO ALBERTO GONZÁLEZ