EL BLANCO Y EL AZUL son dos colores que uno siempre tiene presentes en su visita a la isla griega de Mykonos. El blanco, por las casas inmaculadas, las más de 400 iglesias de bolsillo (que los piratas levantaban en agradecimiento por haber sobrevivido a una tormenta por la gracia de Dios) o las calles de piedra pintadas a base de pacientes pinceladas. El azul, por el inquieto mar, el cielo raramente nublado y las ventanas de madera. Un puzzle, un encuadre de estremecedora perfección, un mosaico de justa y mesurada belleza. La más conocida de las islas Cícladas –con el permiso de la volcánica Santorini– es un enclave del Mediterráneo lleno de repetidores, viajeros hartos de buscar y ávidos de encontrar. En esto de viajar, volver es síntoma de complicidad, de cuenta pendiente. El numeroso turismo gay que elige esta isla da un toque de locura sana que contrasta con los viajes de fin de curso, los cruceros de sube y baja de una noche o las parejas en busca de esa simbiosis griega tan indefinida. Las playas de la isla, aunque en muchos casos excesivamente sembradas de hamacas y sombrillas, coinciden en cuanto a la transparencia de las aguas (¡ojo con las juguetonas medusas!) y la limpieza de la arena. Los que deseen un plus de tranquilidad, deben optar por Kalafati, Elia, Kalo Livadi, Fokos o Mersini. Los que buscan un ambiente más Melrose place, aunque algo descafeinado, deben tomar dirección Ornos. Y si lo que se busca es fiesta playera las 24 horas del día, el destino es Paradise o Super Paradise. La vida nocturna discurre por las laberínticas calles de la capital Mykonos, también conocida como Hora. Intentar orientarse es perder los nervios, además de a uno mismo. En el corazón de la zona conocida como Pequeña Venecia, recogidas iglesias comparten espacio con comercios de todo tipo. Sin duda alguna, el viajero acabará pasando por el mismo cruce varias veces. La reacción inicial es una sonrisa; ademán que acaba mutando en frustración. Lo mejor es caminar e ir cogiendo referentes: un buen bar, un buen restaurante de pescado, una tienda de ropa, una joyería… Lo demás es instinto y mente abierta. Uno puede acabar en un local de ambiente, en una terraza cerca de los conocidos molinos blancos de enormes aspas, charlando con un desvergonzado pelícano llamado Petros –que surca las calles desde hace décadas– o tomando una musaka o una ensalada griega en una restaurante regentado por una afable familia local cuyo inglés nivel 1 reconforta a los poco internacionales. Si se quiere escoger un restaurante en función del precio, basta con como referencia el de la ensalada griega para comparar tarifas. No falla.

HERVIDERO VERANIEGO
Mykonos es un hervidero en los meses de julio y agosto. Finales de mayo, junio y septiembre son momentos algo más tranquilos. Eso sí, se escoja uno u otro, la visita a la cercana isla de Delos (30 minutos) es de obligado cumplimiento para el visitante. El nombre de Cícladas proviene de su disposición en forma de círculo en torno a este sagrado pedazo de tierra en el que nació Apolo. Es un encantador contraste de la movida de Mykonos. Sin población permanente, alberga uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Grecia. Destaca el buen estado de conservación de algunas construcciones, así como por la espectacularidad de la Terraza de los Leones.