EN LOS AÑOS 70, Mike Stone, el viejo policía al que encarnaba Karl Malden, y el joven detective Steve Keller, interpreta- do por Michael Douglas, trataban de lim- piar de delincuentes Las calles de San Francisco. La mítica serie de televisión, que también descubrió a estrellas del nivel de unos jóvenes Arnold Schwarzenegger y Nick Nolte, se estrenó en España en 1974 y, durante cinco temporadas, llevó algu- nos rincones de la ciudad californiana has- ta millones de hogares del país. Pese al ambiente criminal que, según los guiones de la serie, reinaba en sus callejones, se- guramente más de uno soñó con ascen- der por aquellas cuestas empinadas mon- tado en un tranvía amarillento. Nunca es tarde si la dicha es buena. Allí siguen las pendientes y también los cable cars. Sobre cualquiera de estos ruidosos trolebuses se alcanzan las cúspides urba- nas, un auténtico mirador improvisado so- bre la espectacular bahía turquesa que ro- dea el Pacífico. Su carácter único nace de las diversas culturas de los nativos indígenas, combi- nadas con la de los colonizadores espa- ñoles, los aventureros buscadores de oro y los numerosos inmigrantes asiáticos. La pintoresca muestra atrae a más de 16 mi- llones de visitantes cada año, siendo uno de los destinos vacacionales más popula- res entre los residentes estadounidenses.

A PRIMERA LÍNEA DE MAR

Fisherman\’s Wharf, el puerto de San Fran- cisco, concentra gran parte de ese turis- mo que no entiende de horarios. Ininte- rrumpidamente, la animación se prolonga a lo largo de la calle. Los artistas espontá- neos tratan de encontrar su propio espa- cio, un escenario improvisado donde re- coger el cálido aplauso de unos transeún- tes interesados en todo aquello que pin- te pintoresco. Montando en un ferry se deja atrás aquel puerto de olor a marisco, de fachadas ale- gres y llamativa decoración. Cinco minu- tos separan de la isla, la más temida, la más admirada. La prisión de Alcatraz duer- me sobre La Roca desde hace seis déca- das. Sólo abre los ojos para recordar al vi- sitante algunas de las tremendas historias de vida que encerraban sus minúsculas celdas. Precisamente uno de esos opresi- vos cubículos es aquel del que escapó Frank Morris, el personaje que interpretó Clint Eastwood en Fuga de Alcatraz. El mis- terio de aquella evasión sigue hurgando en la mente de muchos con el mismo acier- to con el que el recluso logró simular una cabeza falsa en su almohada y escapar por un agujero del conducto de ventilación.

LUCES DE BOHEMIA

Callejeando de forma desorganizada –la mejor forma de conocer la ciudad de la nie- bla–, se alcanza la ecléctica zona de Sau- salito, un pequeña villa mezcla de bohe- mia, despreocupada y premeditadamente estrafalaria. La zona reúne a empresarios millonarios, pescadores, trabajadores de astilleros y artistas. Y junto a ella, la repre- sentación más típica de la ciudad: el Gol- den Gate, uno de los puentes más largos del mundo y, desde 1937, entrada norte a la ciudad. Su perfil es indisociable de la imagen que vende la ciudad y escenario cinematográfico por excelencia. San Francisco. Una amalgama de las elegantes mansiones victorianas y los do- rados del misterioso barrio chino. Una de las pocas grandes urbes norteamericanas que pueden descubrirse a pie, respirando su carácter libérrimo, que tantos dolores de cabeza trajo a Stone y Keller.