POR EXTRAÑO QUE parezca, la magia de un viaje a Japón puede empezar mu- cho antes de aterrizar en tierras niponas. Quien tenga la fortuna de viajar en la cla- se Seasons de la Japan Airlines se verá inmerso anticipadamente en un mundo que recuerda la quietud, el silencio y la ar- monía de un templo zen. El servicio re- verencial, la limpieza extrema, la delica- deza en el trato, que lleva a las azafatas a ponerse de rodillas para hablar con los pasajeros, y el confort de asientos que se transforman en camas con sólo apretar un botón, hacen que el viajero sienta que ya ha llegado a ese mundo ordenado, in- sólito, ancestral y misterioso al que se di- rige. Por no mencionar el menú que se sirve a bordo, una sorprendente selec- ción de delicados platos adornados con ramitas aromáticas. Aunque Tokio vive permanentemente agitada por el frenesí de un consumo sin fronteras, la fuerza de la tradición se no- ta enseguida en el lenguaje corporal, en las tímidas sonrisas, en el delicado deta- lle con que todas las cosas están hechas, en el refinamiento que desprenden los lu- gares y las cosas, en las inacabables re- verencias que se dedican unos a otros…. Para un occidental, llegar por primera vez a Tokio representa una aventura. Supone adentrarse en una cultura desconocida, diferente y, a menudo, incomprensible, que a cada momento regala muestras im- pagables de su compleja singularidad.

IMÁGENES INSÓLITAS

La inmensa metrópolis está divida en sec- tores o barrios característicos. Ginza, si- tuado junto a los impresionantes jardines del Palacio Imperial, es el centro históri- co. Allí, la Estación Central vomita todos los días a millones de ciudadanos que se dirigen como hormigas a los grandes ho- teles, a los grandes almacenes o a las grandes empresas multinacionales que pueblan el sector. No muy lejos, en la de- sembocadura del río, hay que dejarse caer al amanecer por el inmenso y exci- tante Mercado Central de Tsukiji, la ma- yor lonja de pescado del mundo, donde todo lo que se puede ver, oír y sentir re- sulta sencillamente indescriptible. Pero £cuidado!, por allí circula una inmensa flo- ta de extraños vehículos de carga que se desplazan a velocidades de vértigo sin que la masiva presencia de visitantes des- pistados parezca arredrarles lo más míni- mo. Los impávidos conductores, siempre de pie, culebrean a toda pastilla por los angostos pasillos, ajenos a la masiva pre- sencia de mirones y viandantes.

ATRACTIVOS CONTRASTES

A Odaiba, el moderno distrito de ocio ga- nado al mar que hace pensar de inmedia- to en el Puerto Olímpico de Barcelona, se llega en un tren sin conductor, totalmen- te automatizado. Un inmenso paseo en- tarimado y ajardinado permite contem- plar, como si se estuviera en la cubierta de un lujoso trasatlántico, la boca de la bahía y el majestuoso Puente del Arco Iris que la cruza. Muy cerca, brotó, durante los trabajos de acondicionamiento, un ma- nantial de aguas termales que ha sido convertido en el más popular Onsen de la ciudad, una especie de moderno bal- neario frecuentado por propios y extraños para recrearse en la singular tradición ni- pona de los baños. En contraste con la modernidad de Odaiba, el barrio de Asakusa, en las már- genes del río, sorprende por el sabor de sus callejuelas, de sus numerosos restau- rantes populares y, sobre todo, por la pre- sencia imponente del viejo Templo de Ca- nnon, en cuyas proximidades se celebran ocasionales y coloridos festivales religio- sos. Es éste un importante centro budis- ta al que acude cada día una muchedum- bre abigarrada de turistas, peregrinos y devotos. Una vez inmerso en la paz de la pagoda, tras las preceptivas abluciones de humo sagrado, se comprueba con sa- tisfacción que la visita vale la pena. Harajuku es una zona tranquila y agra- dable para pasear, particularmente los jar- dines que rodean al templo, construido en 1920 en memoria del gran emperador Menji, quien sacó al Japón de su prolon- gado y anacrónico aislamiento internacio- nal. Aunque destruido por los bombar- deos de la segunda guerra mundial, ha si- do reconstruido primorosamente con au- ténticos cedros nipones. Los días laborables es un lugar apaci- ble, pero quien se acerque por allí un fin de semana se encontrará, sobre el amplio puente que da acceso al parque, con una sorprendente asamblea de adolescentes disfrazadas de gótico que expresan su re- beldía y gusto por la individualidad a es- paldas de sus progenitores. Muy cerca se encuentra la famosa Takeshita dori, una calle donde los jóvenes adoran comprar la última moda, camisetas con inscripcio- nes y medias de rabiosos colores.

TREN BALA

Pero una visita a Japón nunca estará com- pleta sin viajar en el famoso Shinkansen (tren bala) que lleva de Tokio a Kioto en un santiamén. El silencio de los vagones es tan imponente que nadie se atreve a le- vantar la voz. Pero lo más espectacular es la llegada del revisor. Enguantado y gorra en mano, saluda al entrar en el vagón con una profunda reverencia seguida de un breve discurso de cortesía. Acto seguido, va solicitando los billetes a los pasajeros, uno a uno, con una inagotable sucesión de sonrisas y cabezadas, para terminar despidiéndose del mismo modo. Este con- traste entre el Japón reverencial, anclado en el pasado, y la propia tecnología del tren más rápido y moderno del mundo es- tá presente en casi todos los ámbitos de una sociedad desconcertante, que recuer- da al Carnaby Street de los años hippies. Quien opte por alojarse en un riokán, la típica posada tradicional, se encontrará compartiendo hasta la bañera con des- conocidos de su mismo sexo. La cena, en cambio, se sirve a una hora conveni- da en la privacidad del propio cuarto, tras lo cual, la camarera, vestida con impeca- ble quimono, extiende un futón sobre el tatami como hacen las mujeres en todas los hogares japoneses. En flagrante con- traste con estas antiguas costumbres de dormir en el suelo y bañarse en comuni- dad, un retrete galáctico sorprenderá al viajero en cualquier lugar, siempre presto a acogerle en su seno con el asiento ca- liente y, cuando haya terminado la faena y sin previo aviso, le lanzará con admi- rable precisión un chorro de agua ca- liente hasta dejarle el trasero como una patena. Y el ánimo con- fundido, claro.